Enviado el domingo, 30 de septiembre de 2007 16:03
En bares y en iglesias; en fiestas y en funerales; cuando
estamos tristes y cuando estamos alegres; para tranquilizarnos o animarnos a
pelear; en ocasiones solemnes y en
fiestas familiares; para unir o para separar; en todas las épocas y en todas
las sociedades ha existido algún tipo de música. Es evidente que no se trata de
una actividad menor, sino de algo central para la experiencia humana.
Esta coincidencia, el hecho de que todas las culturas hayan
desarrollado algún estilo música, nos sugiere imperiosamente que ésta forma
parte de nuestra herencia biológica, al igual que el lenguaje o el bipedalismo.
Entonces ¿de dónde viene la música? ¿Cuándo la adquirimos? ¿Nuestra capacidad
musical cumple alguna función y ha sido objeto de selección natural o es una
mera consecuencia de otras capacidades cognoscitivas?
Curiosamente, la mayoría de los libros sobre música que han
pasado por mis manos no se hacen esta pregunta. Una muestra más del
“creacionismo implícito” en el que se encuentran inmersas las ciencias
sociales. Al parecer, la música surgió de la nada. Simplemente,
está ahí. Esta claro que esta no es
una respuesta satisfactoria. La tendencia, capacidad (incluso necesidad) de la
experiencia musical debe haber surgido en algún momento de la evolución. También
está claro que nadie tiene una teoría satisfactoria de momento. Sin embargo,
para tener una respuesta es necesario hacer una pregunta primero.
Una forma de empezar consiste en preguntarnos si la
apreciación musical es exclusiva de nuestra especie o es un rasgo que
compartimos con nuestros parientes más próximos. Esto es lo que han hecho dos
científicos cognitivos, Joshua Dermont y Marc Hauser (1). Para contestar le
dieron a un grupo de monos de experimentación (titís y tamarinos, monos
americanos de los géneros Saguinus y Challitrix) a elegir entre una
habitación en la que se oía una canción de cuna y otra en la que sonaba música techno (Alec Empire, Nobody gets out
alive). Los animales pasaron dos tercios del su tiempo en la habitación de la
canción de cuna. Sin embargo, cuando pudieron elegir entre el silencio, más
canciones de cuna y un concierto de Mozart, eligieron preferentemente el
silencio. Un experimento similar con bebés humanos mostró que éstos tenían una
clara preferencia por la música frente al silencio.
Para Dermont y Hauser
estos resultados sugieren que los humanos tenemos una inclinación innata hacia
la experiencia musical que no compartimos con otros primates, lo cual refleja,
“probablemente una selección evolutiva de procesos cognitivos relacionados con
la emoción y la motivación”.
De acuerdo, los primates tienen orejas pero no oído
¿Significa eso que somos las únicas criaturas capaces de apreciar la música? No
tan deprisa.
Todo el mundo sabe que los pájaros emplean de alguna manera la
música para comunicarse (reconozco que equiparar los cantos de las aves a la
música es opinable). En cualquier caso, los experimentos de Watanabe y Sato (2)
indican con claridad que estos animales son capaces de apreciarla. Estos científicos
han demostrado que los gorriones de Java pueden discriminar entre la suite
francesa nº 5 de Bach y la suite para piano opus 25 de Schoenberg, siendo
además capaces de generalizar esta distinción a otras composiciones de los
mismos autores (suite para orquesta nº 3 vs cinco piezas para orquesta opus 16).
En otra publicación, Watanabe y Nemoto (3),
demostraron que si les daba a elegir, los pájaros preferían la música
clásica (o más propiamente, armoniosa) frente al silencio o la música
dodecafónica (o más propiamente, disonante). En cualquier caso, esta claro que
estos animales también tienen una inclinación innata hacia la música.
1. J.
McDermont, M.D. Hauser, Cognition 104, 3 (2207).
2. S.
Watanabe, K. Sato. Behav. Processes 47, 1 (1999).
3. S. Watanabe,
M. Nemoto. Behav. Processes 43, 2 (1998).