¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? Los
humanos llevamos miles de años haciendo conjeturas sobre este tema. Sin
embargo, los habitantes del siglo XXI tenemos una pequeña ventaja. Especulaciones
aparte, ahora estamos en condiciones de contestar a esas preguntas eternas.
Mejor dicho, a empezar a contestarlas,
porque la imagen que pueden proporcionarnos los científicos sobre nuestros
orígenes es todavía borrosa. Aun así, resulta fascinante.
Hasta hace
algunos años, la gran mayoría de los paleontólogos creía que la aparición de
los primeros humanos ‘modernos’, esto es, similares anatómicamente a nosotros,
podía explicarse mediante el llamado ‘Modelo Multiregional’. Hace 1.8 millones
de años apareció una especie antecesora de la nuestra, Homo erectus; la cual tuvo un considerable éxito evolutivo y logró
extenderse por amplias regiones de Asia y Europa. Existen pruebas de que dominaba el
fuego y de que fabricó herramientas de piedra. Según este modelo, las distintas
poblaciones de erectus fueron evolucionando
en las diferentes regiones de forma más o menos independiente, hacia las
características de los sapiens
modernos. Muchas de las ‘peculiaridades raciales’ que se observan en la
actualidad serían consecuencia de este largo proceso de evolución. Según esta
teoría, el Hombre de Neanderthal habría sido el antecesor directo de los
humanos modernos en Europa. En resumen, esta teoría se basa esencialmente en
tres puntos: la expansión de erectus
desde África hace 1.8 millones de años, la evolución local de estas poblaciones
hasta generar las variaciones ‘regionales’ que se observan en la actualidad y,
al mismo tiempo, el intercambio genético entre dichas poblaciones que habría
permitido la expansión de los genes responsables de la ‘sapientización’ de erectus y el mantenimiento de cierta
‘unidad genética’ dentro de la especie.
Sin
embargo, a principio de la década de los noventa, Alan Wilson y sus
colaboradores de la Universidad de Berkeley formularon una teoría completamente
distinta. Según estos investigadores, todos los humanos modernos descendemos de
una pequeña población que vivió en África en una fecha mucho más reciente:
entre 200.000 y 100.000 años. Como es fácil de imaginar, esta teoría desató una
formidable polémica entre los partidarios de una y otra. La pelea estaba
acrecentada por el hecho de que los partidarios del origen africano y reciente
del hombre moderno no eran paleontólogos, sino bioquímicos, y las pruebas en
las que se basaban no eran fósiles sino estudios realizados en el laboratorio.
Por lo tanto, no se trataba sólo de
una disputa entre académicos, sino que era una verdadera guerra entre áreas de
conocimiento. Los paleontólogos estaban indignados, ¿cómo se atrevían esos arrogantes bioquímicos a enmendarles la
plana? Para poder entrar de lleno en esta polémica, tenemos que dar un pequeño
rodeo.
Es
cierto que los fósiles son los únicos que nos aportan información directa sobre
las especies que existieron en el pasado. No obstante, la verdadera materia prima de la evolución no son los
huesos fosilizados sino los genes. Son éstos los que pueden sufrir mutaciones,
las cuales constituyen la base del cambio genético a largo plazo. El estudio de
la secuencia de los genes en las especies actuales nos proporciona información
sobre el grado de separación evolutiva que se ha producido.
Pero, vayamos un poco más despacio.
Elijamos un gen cualquiera en un cierto número de especies y comparemos
cuidadosamente las secuencias de DNA de todas ellas. Es posible contabilizar
las diferencias y determinar su distancia
genética. La idea importante es que el número de diferencias que se acumula
es proporcional al tiempo transcurrido
entre la separación de las especies que estamos estudiando. Esto es lo que
se conoce como el reloj molecular y
proporciona un método para estimar el tiempo transcurrido entre la separación
de dos linajes dados, siempre que podamos estimar la frecuencia con la que se
producen las mutaciones por término medio.
Muchos
de los estudios realizados para aclarar el ancestro de los humanos se basan en
el DNA mitocondrial. Recordemos que la mitocondria es un pequeño orgánulo situado
dentro de la célula y que posee su propio material genético. El caso es que el
DNA mitocondrial presenta algunas ventajas importantes para estudiar la
evolución de la especies, en comparación con el DNA ‘normal’ contenido en el
núcleo. Para empezar, el DNA mitocondrial se hereda exclusivamente por vía
materna. A pesar de que todos tenemos dos progenitores, nuestro DNA nuclear es
una ‘mezcla’ de los DNAs de los cuatro abuelos. Sin embargo, la mitocondria la
heredamos exclusivamente de nuestra madre, que a su vez es una copia (casi)
exacta de la de nuestra abuela materna. Si nos remontamos atrás cinco
generaciones, nos encontramos que nuestro DNA nuclear proviene de la
contribución de 32 individuos, mientras que nuestro DNA mitocondrial viene
directamente de la tatarabuela por vía materna. Esta circunstancia facilita
enormemente el análisis. Es difícil saber de quién hemos heredado unos ojos
azules, pero sabemos perfectamente de quién hemos heredado la mitocondria.
La
segunda ventaja del DNA mitocondrial radica en que su velocidad de mutación es
unas diez veces más rápida que la
del DNA nuclear. Esto permite analizar los cambios con mucha
mayor exactitud. Es como si el ‘reloj molecular’ de la mitocondria tuviera una
manecilla adicional que marcase los segundos, mientras que el del DNA nuclear
sólo tuviera minutero. Basta contar el número de cambios y podremos estimar el
tiempo transcurrido desde que dos individuos dados compartieron una antecesora
común. Si hacemos esta operación con una muestra suficientemente amplia de
individuos de diferentes ‘etnias’, podemos construir un árbol genealógico de la Humanidad. En la
base de este árbol se encontrará la
antecesora común más reciente de la cual todos los humanos hemos heredado el
DNA mitocondrial. A esta mujer, que debió existir en carne y hueso, se le
ha dado el ‘título’ de Eva Mitocondrial.
El
concepto de Eva Mitocondrial se ha popularizado a través de los periódicos, generándose
una cierta confusión. La idea en sí de que existió una antecesora de la que
todos hemos heredado nuestras mitocondrias no es exactamente una hipótesis,
sino más bien un hecho matemático.
Necesariamente tuvo que existir. Y si nos remontamos más atrás en el tiempo
llegaremos a la conclusión de que existió una Mamífera Mitocondrial, de la cual
hemos heredado la mitocondria todos los mamíferos. Sin embargo, esto no aporta
ninguna información nueva. La razón por la que la hipótesis de Eva ha revolucionado
nuestra idea del origen del hombre se basa justamente en la fecha en la que se estima que dicha
mujer existió: entre 100.000 y 200.000 años (aunque a medida que los métodos se
van refinando la fecha se acerca más al presente). El hecho esencial es que si
todos los humanos descendemos de una mujer que vivió por entonces, es imposible
que el Modelo Multiregional sea cierto. Los humanos actuales no podemos
descender de las poblaciones de Homo
erectus que salieron de África hace 1.8 millones de años, sino de un grupo
reducido que debió surgir hace sólo
cien o doscientos mil años.
Otra
observación importante, el título de Eva Mitocondrial es ‘concedido’ en
retrospectiva. Cuando ella nació no era la Eva Mitocondrial,
sino que ésta debía ser una mujer que vivió en un periodo muy anterior. Además,
nuestra Eva no estaba sola. Con
seguridad debió haber muchos otros hombres y mujeres coetáneos, pero por alguna
razón los demás linajes mitocondriales que existían entonces no han llegado
hasta hoy. Por otro lado, el ‘título’ puede cambiar de manos. Si se produjese
una hecatombe mundial que aniquilara a la mayor parte de los humanos excepto, por
ejemplo, a una señora de Arnedillo y sus tres hijas (junto con algunos hombres),
para los descendientes de este pequeño
grupo, la Eva
Mitocondrial sería la señora de Arnedillo, puesto que ésta
sería la antepasada más reciente del cual todos los habitante de la Tierra
habrían heredado la
mitocondria. Por último, la Hipótesis de Eva Mitocondrial nos
da una estimación de cuándo vivió
esta mujer, pero no nos dice nada sobre qué aspecto tenía. En cambio, los datos
apuntan claramente a que debió vivir en África.
Cuando
Alan Wilson y sus colaboradores analizaron el DNA mitocondrial de más de 200
individuos procedentes de todo el planeta, llegaron a dos conclusiones
importantes. La primera fue que, en conjunto, todas las mitocondrias analizadas
eran bastante similares. La variación media entre las secuencias era de
aproximadamente el 0.2%. Esto indica que los humanos actuales somos sorprendentemente
similares. De hecho más similares que, por ejemplo, dos subespecies de gorila
separados por unos cuantos cientos de kilómetros. El segundo descubrimiento
tiene que ver con el origen geográfico. En general, y con una importante
excepción, no se encontró una relación clara entre la procedencia geográfica de
las muestras y la similitud del DNA. Por ejemplo, una muestra europea podía
encontrarse muy próxima a una africana o a una asiática. Sin embargo, cuando
los resultados fueron analizados por un programa informático y pudo construirse
el ‘árbol’ que situaba a cada muestra en función de su similitud con las otras, lo que apareció fue realmente
increíble. El programa colocaba todas las muestras en dos grupos claramente
separados. El primero contenía la mayor parte de las muestras y era
‘multirracial’. El segundo grupo sólo contenía siete pero todas ellas eran de origen
africano. Además, las muestras de este segundo grupo mostraban una gran
divergencia entre ellas. En conjunto, estos datos indican que todos los humanos
formamos un grupo relativamente homogéneo que se originó en África. En una etapa
posterior, un grupo particular emigró a otros continentes, mientras que los
otros siguieron allí. Por esta razón, todos los humanos no africanos (y algunos
africanos) descienden de esta oleada de ‘emigrantes’. Al mismo tiempo, algunos
de los linajes mitocondriales anteriores continuaron evolucionando en África.
Por ejemplo, los ¡kung del Kalahari se encuentran en estas ramas más antiguas
del árbol genealógico. Esto es particularmente interesante, ya que algunos
lingüistas creen que las lenguas habladas por estos pueblos, pertenecientes a
la denominada familia koishan, son
también las más ‘antiguas’.
A
pesar de todos los conflictos que ha ocasionado esta hipótesis, ha ido ganando
terreno en los últimos años, hasta constituir el punto de vista mayoritario,
aunque no es imposible que se revise en el futuro. No obstante, esta teoría
parece que pisa un terreno bastante firme. Además, los datos que la avalan no provienen
únicamente de la
mitocondria. El hallazgo de nuevos fósiles sugiere que los
primeros humanos modernos aparecieron en Etiopía y que éstos convivieron
durante largo tiempo con poblaciones de neanderthales en Europa y de erectus en Asia. Claramente, la
hipótesis de la Eva
Mitocondrial ha cambiado nuestro relato sobre lo orígenes del
hombre moderno, el cual podría quedar más o menos así:
Homo erectus apareció hace
1.8 millones de años y se extendió por Asia y Europa. En este último lugar,
evolucionó hasta el Hombre de Neanderthal, el cual tenía un cerebro de tamaño
similar (o incluso superior) a los humanos actuales y logró sobrevivir en las
durísimas condiciones europeas durante el último periodo glaciar. No obstante,
los humanos actuales no somos descendientes directos de los neanderthales ni de
los erectus asiáticos, sino de una
población que surgió en África hace unos 100.000-200.000 años. Esta especie, Homo sapiens propiamente dicho, se
expandió rápidamente por todo el planeta. Hace 60.000 años ya había ocupado
Asia y hace unos 40.000 (tal vez antes) Australia. Se supone que llegó a Europa
hace unos 35.000 años y a América unos 12.000 (tal vez antes). Parece seguro
que la nueva especie reemplazó a las otras especies del género Homo que encontró en su camino: erectus en Asia y neanderthal en Europa.
La hipótesis del desplazamiento ha encontrado apoyo últimamente en ciertos
estudios, donde se ha logrado aislar y analizar DNA mitocondrial procedente de
fósiles neanderthales. Estos estudios indican que el linaje de éstos no ha
contribuido al acervo genético de los humanos modernos. En definitiva, los neanderthales
no parece que fueran nuestros padres, sino nuestros tíos lejanos y deben reclasificarse en una especie
distinta: Homo neanderthalensis y no
en una subespecie (H. sapiens
neanderthalensis) como se hacía en principio. Con todo, no es imposible que en el futuro se descubra que algunos humanos actuales tienen mitocondrias de tipo neanderthal, aunque hasta el momento no se ha encontrado ninguna.