
Cuenta la tradición que el Marqués de Villena fue
alumno aventajado en la
Academia de Nigromancia de la cueva de Salamanca, en donde los
alumnos del maligno entraban cada siete años y en grupos de siete, de los cuales
uno debería permanecer encerrado. Contrariamente a lo predicho en las amenazas
de sus (diabólicos) maestros, el dicho marqués consiguió escapar de tan
siniestra academia, si bien quedó marcado para los restos con una señal
peculiar e inconfundible: A partir de ese momento, su figura carecería de
sombra.
Por curiosidades de la vida, tan extraña anécdota no es ajena al mundo de la Historia
Natural. Una de las obras del naturalista romántico Chamisso
nos cuenta una aventura cuyo protagonista, Peter Schlemihl, vendió su
sombra al diablo. Curiosamente, tal personaje sin sombra era asimismo un
naturalista dedicado a explorar el mundo y clasificar los organismos vivos.
Chamisso, que en su relato podría muy bien haberse inspirado en su propia experiencia de botánico o en su conocimiento de algún naturalista anterior (verbigracia Linneo), parece sugerir la existencia de una
misteriosa relación entre el estudio y clasificación de la naturaleza y el hecho de perder
la sombra. Siendo así, digo yo que también podría darse la relación inversa, es decir
entre estudio de la naturaleza y aumento del tamaño de la sombra de uno o de la distancia alcanzada por su
proyección.

Algo parecido a los casos del marqués de
Villena y de Peter Schlemihl, pero justamente al revés, ocurrió al naturalista y viajero británico
Charles Darwin, quien habiendo llevado una vida más bien relajada en su
juventud y tras estudiar para clérigo en Cambridge, se embarcó en un largo
viaje que lo tendría apartado del mundo y del que podría haber regresado, según opinión de
algunos, algo tocado del entendimiento por el mal de Chagas. A diferencia de
los autores que analizábamos en algunas entradas anteriores, contemporáneos suyos
que habían sido ejemplos fieles de la aplicación del Método Científico como
Claude Bernard y Luis Pasteur, Darwin pudo también haberlo sido, pero no lo fue
por una elección propia. Al contrario que Bernard y Pasteur que eran capaces de
concentrar sus esfuerzos en un problema puntual y bien definido hasta
resolverlo o por lo menos dejar abiertas nuevas puertas para su resolución, Darwin,
después de muchos años de estudio, decide emprender la vía contraria, es decir partir de la pura especulación, para poner la ciencia al servicio de determinados intereses principalmente materialistas.
Alejándose del planteamiento riguroso de cualquier problema concreto, pretende
establecer una teoría general que de un plumazo explique universalmente por qué
y cómo las especies han evolucionado, sin (ni siquiera) previamente definir muy bien lo que es una especie. Así, registrando observaciones de la obra de criadores
de animales, notas de su viaje a América del Sur; y, sobre todo, inspirándose
en la obra de sociólogos y economistas de su tiempo (Malthus, Adam Smith),
Darwin viene a proponer que todas las especies de animales y plantas sobre la tierra son
el fruto de la selección natural, producto a su vez de la competición por los
recursos. La competición, este fabuloso resorte de la economía mundial pasa así
a ocupar el trono como causa prima e indiscutible para explicar la variación
en la Naturaleza. Una curiosa manera, si bien ciertamente pobre, de contemplarla y, de paso, asimismo de allanar el camino para empobrecerla, que le valió en su tiempo no pocas críticas. Nombrado Sir, a causa de la
utilidad de su figura y la indiscutible rentabilidad de su teoría para el bien de intereses determinados, Charles Darwin debe su desproporcionado reconocimiento a una (pseudo)teoría
disparatada mediante la cual llega a proponerse a sí mismo como descubridor del
origen de todo que resulta residir, ni más ni menos que, en la competición y su otra cara, que
recibe atinadamente el nombre de la selección natural. Todo está en donde y como está, como fruto de una hipotética competición con todo lo demás que quiso, pero no pudo y porque así lo ha decidido la todopoderosa selección natural
A cambio del dudoso honor de ser nombrado por
todo ello Sir, Darwin pasó por alto todas y cada una de las dificultades que
realmente tiene el estudio del origen de las especies, especialmente desde un
punto de vista estrictamente científico. A cambio del sacrificio de una
aproximación rigurosa, su teoría sentó las bases de un liberalismo egoísta contribuyendo
a la expansión desbordada y sin límites del materialismo.
Mediante este procedimiento de trueque, rigor científico a
cambio de sostén ideológico y moral para el materialismo, Darwin
consiguió una enorme proyección horizontal de su figura en la forma de fama y
prestigio como científico. Su enorme sombra, paradójica por contrastar con la
contribución real de su personaje, aún se proyecta sobre la ciencia e impide
ver a la Madre Naturaleza con el debido respeto. Enorme sombra, obra de
expertos ingenieros en sombras. No diabólicos como en el caso de la desaparición de la sombra del marqués de Villena o del naturalista Schlemil, sino como iremos viendo, en este caso de filósofos y sociólogos voceros del materialismo, en contra de la
sólida opinión de reputados científicos de la época. Ahora, cuando ya han transcurrido muchos años necesitaríamos que un cirujano
de sombras operase debidamente restituyendo a cada uno de los personajes mencionados el adecuado tamaño de la suya.
Recuperaríamos así las sombras perdidas por obra de ingenieria diabólica del Marqués de Villena y
Peter Schlemihl y veríamos reducirse el tamaño de la enorme sombra de Carlitos Darwin, obra de ingeniería de teóricos materialistas del pasado insostenible ya en el presente.

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