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lunes, 16 de junio de 2008



Cuenta la tradición que el Marqués de Villena fue alumno aventajado en la Academia de Nigromancia de la cueva de Salamanca, en donde los alumnos del maligno entraban cada siete años y en grupos de siete, de los cuales uno debería permanecer encerrado. Contrariamente a lo predicho en las amenazas de sus (diabólicos) maestros, el dicho marqués  consiguió escapar de tan siniestra academia, si bien quedó marcado para los restos con una señal peculiar e inconfundible: A partir de ese momento, su figura carecería de sombra.

Por curiosidades de la vida, tan extraña anécdota no es ajena al mundo de la Historia Natural. Una de las obras del naturalista romántico Chamisso nos cuenta una aventura cuyo protagonista, Peter Schlemihl, vendió su sombra al diablo. Curiosamente, tal personaje sin sombra era asimismo un naturalista dedicado a explorar el mundo y clasificar los organismos vivos. Chamisso, que en su relato podría muy bien haberse inspirado en su propia experiencia de botánico o en su conocimiento de algún naturalista anterior (verbigracia Linneo), parece sugerir la existencia de una misteriosa relación entre el estudio y clasificación de la naturaleza y el hecho de perder la sombra. Siendo así, digo yo que también podría darse la relación inversa, es decir entre estudio de la naturaleza y aumento del tamaño de la sombra de uno o de la distancia alcanzada por su proyección.


Algo parecido a los casos del marqués de Villena y de Peter Schlemihl, pero justamente al revés, ocurrió al naturalista y viajero británico Charles Darwin, quien habiendo llevado una vida más bien relajada en su juventud y tras estudiar para clérigo en Cambridge, se embarcó en un largo viaje que lo tendría apartado del mundo y del que podría haber regresado, según opinión de algunos, algo tocado del entendimiento por el mal de Chagas. A diferencia de los autores que analizábamos en algunas entradas anteriores, contemporáneos suyos que habían sido ejemplos fieles de la aplicación del Método Científico como Claude Bernard y Luis Pasteur, Darwin pudo también haberlo sido, pero no lo fue por una elección propia. Al contrario que Bernard y Pasteur que eran capaces de concentrar sus esfuerzos en un problema puntual y bien definido hasta resolverlo o por lo menos dejar abiertas nuevas puertas para su resolución, Darwin, después de muchos años de estudio, decide emprender la vía contraria, es decir partir de la pura especulación, para poner la ciencia al servicio de determinados intereses principalmente materialistas.


Alejándose del planteamiento riguroso de cualquier problema concreto, pretende establecer una teoría general que de un plumazo explique universalmente por qué y cómo las especies han evolucionado, sin (ni siquiera) previamente definir muy bien lo que es una especie. Así, registrando observaciones de la obra de criadores de animales, notas de su viaje a América del Sur; y, sobre todo, inspirándose en la obra de sociólogos y economistas de su tiempo (Malthus, Adam Smith), Darwin viene a proponer que todas las especies de animales y plantas sobre la tierra son el fruto de la selección natural, producto a su vez de la competición por los recursos. La competición, este fabuloso resorte de la economía mundial pasa así a ocupar el trono como causa prima e indiscutible para explicar la variación en la Naturaleza. Una curiosa manera, si bien ciertamente pobre, de contemplarla y, de paso, asimismo de allanar el camino para empobrecerla, que le valió en su tiempo no pocas críticas. Nombrado Sir, a causa de la utilidad de su figura y la indiscutible rentabilidad de su teoría para el bien de intereses determinados, Charles Darwin debe su desproporcionado reconocimiento a una (pseudo)teoría disparatada mediante la cual llega a proponerse a sí mismo como descubridor del origen de todo que resulta residir, ni más ni menos que, en la competición y su otra cara, que recibe atinadamente el nombre de la selección natural. Todo está en donde y como está, como fruto de una hipotética competición con todo lo demás que quiso, pero no pudo y porque así lo ha decidido la todopoderosa selección natural

A cambio del dudoso honor de ser nombrado por todo ello Sir, Darwin pasó por alto todas y cada una de las dificultades que realmente tiene el estudio del origen de las especies, especialmente desde un punto de vista estrictamente científico. A cambio del sacrificio de una aproximación rigurosa, su teoría sentó las bases de un liberalismo egoísta contribuyendo a la expansión desbordada y sin límites del materialismo.


Mediante este procedimiento de trueque, rigor científico a cambio de sostén ideológico y moral para el materialismo, Darwin consiguió una enorme proyección horizontal de su figura en la forma de fama y prestigio como científico. Su enorme sombra, paradójica por contrastar con la contribución real de su personaje, aún se proyecta sobre la ciencia e impide ver a la Madre Naturaleza con el debido respeto. Enorme sombra, obra de expertos ingenieros en sombras. No diabólicos como en el caso de la desaparición de la sombra del marqués de Villena o del naturalista Schlemil, sino como iremos viendo, en este caso de filósofos y sociólogos voceros del materialismo, en contra de la sólida opinión de reputados científicos de la época. Ahora, cuando ya han transcurrido muchos años  necesitaríamos que un cirujano de sombras operase debidamente restituyendo a cada uno de los personajes mencionados el adecuado tamaño de la suya.

Recuperaríamos así las sombras perdidas por obra de ingenieria diabólica del Marqués de Villena y Peter Schlemihl y veríamos reducirse el tamaño de la enorme sombra de Carlitos Darwin, obra de ingeniería de teóricos materialistas del pasado insostenible ya en el presente.




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12:32 | gestionado por Emilio Cervantes | Enviar comentario (4)