
Sigo copiando del mismo libro de Claude
Bernard que en las entradas anteriores (Bernard,
C. 1865. Introducción al Estudio de la Medicina Experimental. Ed Fontanella. Barcelona. 1976), un texto fundamental para
comprender como opera el Método Científico en
biología y medicina y que nunca perderá su interés por el paso del tiempo:
Tercer ejemplo
En 1857
emprendí una serie de experiencias sobre la eliminación de substancias por la
orina, y esta vez los resultados de la experiencia no confirmaron, como en los
ejemplos precedentes mis previsiones o mis ideas sobre el mecanismo de dicha
eliminación. Hice, pues, lo que se acostumbra a llamar una mala, o malas
experiencias. Pero hemos sentado anteriormente como principio, que no hay malas
experiencias, porque cuando estas no han correspondido a la investigación para
la cual habían sido realizadas, aun así, conviene aprovechar las observaciones
que puedan proporcionar, para dar lugar a otras.
Investigando
como se eliminaban por la sangre que sale del riñón, las substancias que había
inyectado, observé por casualidad, que la sangre de la vena renal era rutilante
mientras que la de las venas vecinas era negra, como si fuese sangre venosa
ordinaria. Esta particularidad imprevista me llamó la atención, e hice así la
observación de un hecho nuevo que había engendrado la experiencia y que era
extraño al objeto experimental que perseguía en esa misma experiencia.
Renuncié, pues, a mi idea primitiva que no había sido verificada, y puse toda
mi atención en esta singular coloración de la sangre venosa renal, y cuando la
hube comprobado bien y me hube asegurado de que no había causa de error en la
observación del hecho, me pregunté naturalmente cuál podía ser la causa de
ello. En seguida, examinando la orina que escurría por el uréter y
reflexionando, me vino la idea de que esta coloración roja bien podía estar en
relación con el estado secretorio o funcional del riñón. Según esta hipótesis,
con hacer que cesara la secreción renal, la sangre venosa debería ponerse
negra. Esto es lo que sucedió, restableciendo la secreción venal, la sangre
venosa debería volver a ser rutilante, y esto es lo que pude verificar cada vez
que excitaba la secreción de la orina. Obtuve así la prueba experimental de que
hay una relación entre la secreción de orina y la coloración de la sangre de la
vena renal.
Pero esto
no es todavía todo. En estado normal, la sangre venosa del riñón es casi
constantemente rutilante, porque el órgano urinario secreta de una manera casi
continua, aunque alternativamente para cada riñón. Ahora bien, quise saber si
el color rutilante de la sangre venosa constituía un hecho general propio de
las otras glándulas y obtener de esta manera una contraprueba bien neta que me
demostrase que el fenómeno secretorio era el que por sí mismo producía esta
modificación de la coloración. He aquí como discurrí: si es la secreción lo que
produce, como parece, la rutilancia de la sangre venosa glandular, sucederá que
en órganos glandulares que como las glándulas salivares secretan de una manera
intermitente, la sangre venosa cambiará de color de manera intermitente, siendo
negra en el reposo de la glándula y roja durante la secreción. Puse, pues al
descubierto la glándula submaxilar de un perro, sus conductos, sus nervios y
sus vasos. Esta glándula suministra en el estado normal una secreción
intermitente, que se puede excitar o detener a voluntad. Ahora bien, comprobé
claramente que durante el reposo de la glándula, cuando nada escurría por el
conducto salival, la sangre venosa presentaba, en efecto, una coloración negra,
mientras que al punto que aparecía la secreción, la sangre se volvía rutilante,
para readquirir el color negro cuando la secreción se detenía; seguía luego negra
durante todo el tiempo que duraba la intermitencia, etc….
………..Me
bastará haber probado que las investigaciones científicas o las ideas
experimentales pueden nacer con ocasión de observaciones fortuitas y en cierto
modo involuntarias, que se nos presentan espontáneamente, u ocasionadas durante
una experiencia hecha con otro objeto.
Pero sucede
todavía otro caso, y es aquel en que el experimentador provoca y hace nacer
voluntariamente una observación. Este caso entra, por así decirlo, en el
precedente; sólo difiere en que en lugar de esperar a que la observación se
presente por casualidad en una circunstancia fortuita, se la provoca por una
experiencia. Volviendo a la comparación de Bacon, podemos decir que el
experimentador se parece en este caso a un cazador, que en lugar de aguardar
tranquilamente a la caza, trata de levantarla haciendo una batida en los
lugares en que supone su existencia. Esto es lo que hemos llamado la
experiencia para ver. Se pone en juego este procedimiento siempre que no se
tiene idea preconcebida para emprender investigaciones sobre un asunto respecto
del cual no hay observaciones anteriores. Entonces se experimenta para provocar
observaciones, que a su vez, hagan nacer nuevas ideas. Esto es lo que sucede
habitualmente en Medicina, cuando se quiere averiguar la acción de un veneno o
de una sustancia medicamentosa sobre la economía animal; se hacen experiencias
para ver y en seguida se guía uno según lo que se ha visto.