Enviado el lunes, 19 de febrero de 2007 9:25
Hace una semana tuve la oportunidad de participar en unas jornadas organizadas por la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Castilla-León sobre Reforestación y Red Natura 2000 para sus propios técnicos. La verdad es que es una cuestión muy pertinente dado el cambio de las reglas de juego que impone la Directiva de Hábitats y el establecimiento de la red Natura 2000 sobre las tareas y servicios que históricamente han dominado la administración en estas cuestiones.
Los datos, al menos en Castilla y León, son concluyentes. En los diez años que van desde el segundo al tercer Inventario Forestal Nacional (1992-2002) la superficie forestal en Castilla y León ha aumentado casi en un tercio, de manera que de los aproximadamente 2 millones de hectáreas hemos alcanzado algo más de 3 millones de hectáreas. Obviamente dicho aumento debe ser apuntando en el haber de los procesos de dinámica ecológica asociados a la pérdida de actividades y aprovechamientos que históricamente se llevaban a cabo en nuestros campos. Una fracción importante, alrededor del 10%, puede ser asignada a los resultados de las políticas de reforestación de tierras marginales. Algo más de 100.000 hectáreas para dicho periodo han debido de pasar de “erial” a superficie forestal como consecuencia de dichas actuaciones.
La verdad es que contado así, parece que deberíamos de estar contentos; sin embargo dicho aumento de superficie forestal se ha hecho en detrimento de hábitats de matorral o de pastos. Es más, muchas de las actuaciones de reforestación de la PAC se han hecho precisamente sobre este tipo de hábitats y no precisamente sobre terrenos agrícolas al uso.
Evidentemente esto es un problema, máxime bajo la vigilancia de los nuevos postulados emanados de la Directiva de Hábitats y de las nuevas necesidades de la red Natura 2000. Las directrices en este sentido son claras: es necesario mantener la superficie y el estado de conservación favorable de los hábitats. Las razones son obvias, buena parte de la riqueza biológica, de sus elementos más amenazados y de la calidad paisajística de nuestras tierras reside en estos hábitats “no forestales”. Su merma, aunque sea a favor de “bosques” no parece asumible ni deseable. Esto puede resultar sorprendente cuando toda nuestra vida hemos recibido y aceptado como paradigma indiscutible el mensaje de la superioridad del bosque sobre todo lo demás. Los sistemas naturales según dicho paradigma tenderían a una “climax” –el nombre utilizado ya nos informa claramente de lo que tenemos en la cabeza- estabilizadora que sólo la actividad perniciosa del hombre impide conseguir. En fin, hoy en día tenemos claro que eso no es así y en este blog ya lo hemos discutido en alguna ocasión.
Tal como comenté el otro día la solución pasa por reconvertir los servicios de reforestación de las consejerías de medio ambiente en servicios de restauración ecológica. En ese caso será necesario realizar actuaciones de reforestación, pero su importancia será cada vez menor y puntual, al tiempo que será necesario realizar actuaciones de restauración ecológica para mejorar estados de conservación y aumentar superficies de hábitats no forestales.
Adrián Escudero