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sábado, 07 de noviembre de 2009

“Un día decidió que su pueblo merecía también disfrutar la hermosura de su traje y sale del palacio para recorrer su reino. El pueblo lo ve desnudo, pero por temor a contradecirlo, no dice nada. Hasta que un inocente niño lo descubre y grita:
“¡El Rey está desnudo!”

Extracto resumido de “El traje nuevo del Emperador” (Hans Christian Ardersen)


Siempre me he tenido por un inocente intrépido –o un intrépido inocente, para el caso…- con más sinapsis en la lengua que en el cerebro. Por ello, desde este mismo momento aseguro que no pretendo ofender, culpar, ni siquiera denunciar. Las cosas son como son. Los hechos, como los sueños, hechos son…

 

Hace poco hice algunas reflexiones sobre lo que consideraba eran puntos confusos en la selección de proyectos en difusión científica. Algunos de los comentarios dejaron claro que se trata de un tema polémico. En aquella ocasión, grité que “el rey estaba desnudo” más porque necesitaba escucharlo que por informar sobre esa obviedad. La selección de proyectos de divulgación científica, a mi parecer, adolecía de las garantías básicas.

 

Hoy, vuelvo a ver al “rey desnudo”. En esta ocasión, referente a la investigación básica y, nuevamente, al reparto de las pocas migajas presupuestarias para llevarla a cabo. Estamos en España muy acostumbrados a que premios al mejor investigador, grupo o línea joven, emergente se lo lleven investigadores que ya de lejos han pasado las cuarenta primaveras. Hasta ese momento, al parecer, se arrastra la etiqueta de becario o… “en formación”. Así están las cosas en un país que aspiramos al 2% del PIB para investigación (excluida la militar, quiero entender…).

 

Además, si has “crecido” científicamente en la rueda de un departamento universitario, la investigación no te pertenece. La productividad científica no te pertenece. Estás en un laboratorio, si hay suerte, haces la tesis, si hay suerte, sigues investigando para alguien, si hay mucha suerte. Siempre dependiendo de si, el “Group leader” de turno te apoya en mayor o menor medida…

 

Soy un afortunado; es cierto. Obtuve una plaza estable en 2001. Sin embargo, y a pesar de que, tal y como indican las siglas PDI (Personal Docente e Investigador), se presupone cierta obligación a la enseñanza (que me apasiona) y a la investigación (que me apasiona), no he conseguido un sitio físico mínimo donde tratar de llevar a cabo mis proyectos hasta principios del presente año (y no me pregunten la edad…). Durante estos largos años del nuevo milenio, nómada, con colaboraciones puntuales de gente que me aprecia (siempre hay un roto para un descosido, solía decir mi abuela…) he podido seguir adelante. Sin prisa y con las menores pausas posibles. Un artículo aquí, otro allá…

 

Ahora, la pescadilla debe dejar de morderse la colita (con perdón) y, por ello, con un pequeño espacio cedido, con un artículo recién publicado –varios en preparación, como mandan los cánones-; con una tesis recién leída; con varias tesis de máster, proyectos fin de carrera y colaboraciones en marcha, vuelvo a pedir un Proyecto del ansiado Plan Nacional. ¿En plena crisis pertinaz? ¡Debo estar loco! Pero bueno, tengo un as en la manga. El ministerio ya ha “bendecido” positivamente mi investigación. Me han concedido una beca FPI (Formación del Personal Investigador). Esto es, dinero para que un becario de buen ver –curricularmente hablando, claro…- investigue en mi laboratorio durante 4 años. Esta confianza en mi gestión investigadora me honra. ¡Vaya que si!

 

Sin embargo, no ha habido suerte. Tengo un continente, un contenido, una valoración positiva, pero no proyecto. Aquí está el dilema: “se me concede la confianza de un investigador en formación para cuatro años pero ni un duro para llevarla a cabo”… Son cosas que pasan. ¿Alguien necesita un becario “casi nuevo”?

 

Pero no acaba aquí la cosa –que hasta ahora no he pasado a valorar y solo a describir, con su dosis de ironía, eso sí; pero descripción pura y dura-. Lo que realmente me ha “descolocado” ha sido la justificación principal de la denegación del proyecto. El evaluador/a, en su perfecto derecho, sentenció:

El IP tiene experiencia en Virología pero sus contribuciones científicas en el campo y sus publicaciones son limitadas, habiendo realizado una gran labor de difusión científica a lo largo de los últimos años. Ello ha ido en detrimento del desarrollo de una actividad investigadora relevante

 

-         Sobre el primer punto, “contribuciones limitadas”, va en criterios, todos respetables, of course.

-         Sobre el segundo, “publicaciones limitadas”, nada que objetar. El no tener laboratorio, ni gente, ni proyectos no ayudan mucho a lo contrario.

-         Sobre el tercero: “gran labor de difusión científica… detrimento en actividad investigadora relevante”. ¡Éste sí que es un problema!

 

Como director de varias oficinas de cultura científica llevo muchos años intentando despertar inquietudes, vocaciones divulgativas entre mis compañeros científicos. Sin embargo, ahora, quizá, deba advertirles, como en las cajetillas de tabaco de que “el uso apasionado de dicha actividad puede dañar seriamente su salud productiva, su evaluación como investigador”. Es una pena, pues yo pensaba que, además de ser mi obligación, como científico, el hecho de manejar datos de un gran número de disciplinas, me abría la mente para abordar problemas específicos en proyectos concretos. ¿Con qué ánimo voy a soltar el discurso de “difundir es una obligación de todos los científicos” o “la sociedad tiene derecho a estar informado y el científico a ser evaluado por su capacidad como divulgador”… En fin… la pasión es la pasión…

 

Por supuesto alegué. Aclaré que mi bache en producción no se debía a mis éxitos como divulgador. Que tenía una FPI, tesis, artículos. En fin… de todo un poco, como en botica. Tampoco solicité ser más guapo que ningún otro evaluado –los milagros los suelo pedir los viernes por la noche…-, sino solo lo que se denomina un proyecto puente; es decir, cuatro duros que dan la oportunidad de demostrar, espartanamente, si eres merecedor de un verdadero proyecto. Nada. No hubo suerte. A lo mejor, debo hacer caso a los augurios y seguir por la vía de la divulgación. Ahí soy fuerte… ¡Ah, no, que tampoco consigo proyectos!

 

¡El Rey está desnudo! Andersen lo tenía claro…

JAL (CBMSO-UAM)

10:03 | gestionado por José Antonio López | Enviar comentario (13)