Los ideales que surgieron con la revolución francesa de libertad e igualdad se vieron nada más nacer enfrentados con una realidad muy distinta. Basta echar un vistazo al mundo para comprobarlo: pobreza, desigualdad, exclusión social, marginación… Por eso, esos principios de “igualdad” cambiaron rápidamente por los de “igualdad de oportunidades”. Es decir, en el sistema capitalista hay igualdad de oportunidades, y si ésta no se traduce en igualdad real, no es culpa de la estructura económica y social. ¿De quién es entonces? Del individuo, dicen…

Aquí es donde aparece oportunamente el determinismo biológico. Esta ideología ofrece una justificación que pretende legitimar el sistema en el que vivimos: nuestro modelo de sociedad es justo porque ofrece igualdad de oportunidades, pero los individuos son desiguales desde que nacen, y por eso existe la desigualdad real. Los rasgos, características y comportamientos humanos -inteligencia, homosexualidad, altruismo, violencia, alcoholismo, fracaso escolar, etc.- no son productos del desarrollo concreto e histórico de los seres humanos en un ambiente y una sociedad determinados, sino que están escritos en los genes.
La ideología determinista predomina en la ciencia y por supuesto en los medios de comunicación. Hace pocos días, la revista Proceedings of the National Academy of Sciences, publicó un artículo titulado Genetic variation in the vasopressin receptor 1a gene (AVPR1A) associates with pair-bonding behavior in humans (La variación genética en el gen del receptor de la vasopresina (AVPR1a) se asocia con el comportamiento monógamo en humanos). ¿Qué significa todo eso? Que han encontrado “el gen” de la infidelidad. Es bastante discutible que una revista científica como PNAS considere ese artículo tan relevante como para publicarlo en lugar de otros, aunque cada revista tiene sus criterios editoriales. Pero el problema aumenta con la amplificación social que los medios de comunicación hacen a partir de publicaciones científicas como esa: el diario El País, por ejemplo, publicó un extenso reportaje titulado “El gen que los hace infieles”. La elección de un titular no es algo inocente, porque éste debe contener el “alma” del artículo: hay un gen que “determina” que los hombres que lo portan –por cierto, no habla de mujeres- sean infieles, eso es lo que significa ese titular. Sin embargo, leyendo el artículo completo, encontramos que el alelo en cuestión “no puede ser utilizado para predecir con ninguna precisión el comportamiento que tendrá un hombre en una futura relación”, según palabras de Hasse Walum, el autor del artículo científico, del Instituto Karolinska. Entonces, ¿Qué significado biológico tiene? También añade Walum que "Todo comportamiento humano tiene tres esferas, la biológica, la psicológica y la social, y todas ellas influyen de una manera u otra. La existencia de un factor biológico no significa que lleve al hombre a tener un problema de relación". Entonces, ¿En qué quedamos: el gen “hace” que los hombres sean infieles o no? Y si no “determina” nada, sino que sólo influye en el comportamiento, ¿En qué medida lo hace?
Un periodista científico debe conocer el mundo en el que se mueve: un artículo científico tomado aisladamente no es la verdad absoluta, sino sólo un conjunto de datos de los cuales los autores extraen una conclusión que a la larga puede demostrarse correcta o incorrecta. También el genetista norteamericano Dean Hamer, había “demostrado” la existencia del gen de la homosexualidad (Hu et al, 1995), cosa que los medios de comunicación propagaron a bombo y platillo. Sin embargo, si Nature, la revista en la que se publicó el artículo de Hamer, es de la máxima credibilidad científica, la misma credibilidad tiene Science, la revista en la que un equipo canadiense dirigido por George Ebers (Rice et al 1999) refutó la noticia al “demostrar” justo lo contrario de lo que afirmaba Hamer, (quien también, por cierto, encontraría más tarde “el gen de la fe”). También en otro caso conocido, Nature publicó tanto el hallazgo del gen del trastorno maniaco-depresivo como su refutación posterior. Se cuenta que David Baltimore gritó en un encuentro científico: “Si me considero un lector medio de Nature, a quién tengo que creer?” Por eso, un periodista científico, debe ser extremadamente cauto, y debe, por lo menos, tener en cuenta la lucha ideológica en la que, quiera o no, está participando. Dejarse llevar por la marea ideológica dominante es fácil, pero también indica la ausencia de un mínimo esfuerzo intelectual exigible a cualquier profesional de la comunicación.
Desgraciadamente, por mucho que la ciencia aporte datos que refuten el supuesto papel del alelo 334, probablemente la idea del gen de la infidelidad habrá calado en la sociedad, tanto por su simpleza como por el innegable servicio que a muchos puede prestar: “¡Cariño, no es lo que piensas, ha sido mi alelo 334!”.
Raquel Bello-Morales
CBM (UAM-CSIC)