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jueves, 29 de noviembre de 2007

“¿A qué se debe que Occidente se adormeciera durante mil años de tinieblas hasta que Colón y Copérnico y sus contemporáneos redescubrieron la obra hecha en Alejandría? […] La ciencia y la cultura en general estaban reservadas para unos cuantos privilegiados. La vasta población de la ciudad no tenía la menor idea de los grandes descubrimientos que tenían lugar dentro de la Biblioteca. Los nuevos descubrimientos no fueron explicados ni popularizados.” Cosmos, Carl Sagan. 

 

Preguntar si le importa a alguien la divulgación científica es lo mismo que preguntar si le importa a alguien la ciencia. La ciencia es un producto social, como todo lo humano. Quien inventó el astrolabio, quien descubrió la fisión nuclear, el primero que teorizó sobre el átomo, quien descubrió la circulación de la sangre, o el primero en sospechar que la Tierra era redonda… todos ellos y ellas recibieron y dieron sus conocimientos de y a la sociedad. Si se hubieran criado solos en la selva, no habrían recibido nada de la sociedad y no habrían devuelto nada tampoco. La ciencia no es de nadie, es colectiva, fruto de siglos de pequeñas aportaciones unas veces aparentemente vanas y otras más decisivas. Estas aportaciones van encadenadas, y cada una de ellas se basa en las anteriores. Por eso, la cuestión de si hay que divulgar la ciencia carece de sentido, porque no se trata de que los científicos den, sino de que devuelvan...

 


Hay un hecho histórico que fue relatado maravillosamente por el astrónomo y magnífico divulgador científico Carl Sagan: la quema de la Biblioteca de Alejandría y el asesinato de Hipatia. Me voy a permitir incluir este esclarecedor fragmento de su obra Cosmos donde lo relata:

 

«Sólo en un punto de la historia pasada hubo la promesa de una civilización científica brillante. Era beneficiaria del despertar jónico, y tenía su ciudadela en la Biblioteca de Alejandría, donde hace 2.000 años las mejores mentes de la antigüedad establecieron las bases del estudio sistemático de la matemática, la física, la biología, la astronomía, la literatura, la geografía y la medicina. Todavía estamos construyendo sobre estas bases. La Biblioteca fue construida y sostenida por los Tolomeos, los reyes griegos que heredaron la porción egipcia del imperio de Alejandro Magno. Desde la época de su creación en el siglo tercero a. de C. hasta su destrucción siete siglos más tarde, fue el cerebro y el corazón del mundo antiguo […] Es evidente que allí estaban las semillas del mundo moderno. ¿Qué impidió que arraigaran y florecieran? ¿A qué se debe que Occidente se adormeciera durante mil años de tinieblas hasta que Colón y Copérnico y sus contemporáneos redescubrieron la obra hecha en Alejandría? No puedo daros una respuesta sencilla. Pero lo que sí sé es que no hay noticia en toda la historia de la Biblioteca de que alguno de los ilustres científicos y estudiosos llegara nunca a desafiar seriamente los supuestos políticos, económicos y religiosos de su sociedad. Se puso en duda la permanencia de las estrellas, no la justicia de la esclavitud. La ciencia y la cultura en general estaban reservadas para unos cuantos privilegiados. La vasta población de la ciudad no tenía la menor idea de los grandes descubrimientos que tenían lugar dentro de la Biblioteca. Los nuevos descubrimientos no fueron explicados ni popularizados. La investigación les benefició poco. Los descubrimientos en mecánica y en la tecnología del vapor se aplicaron principalmente a perfeccionar las armas, a estimular la superstición, a divertir a los reyes. Los científicos nunca captaron el potencial de las máquinas para liberar a la gente. Los grandes logros intelectuales de la antigüedad tuvieron pocas aplicaciones prácticas inmediatas. La ciencia no fascinó nunca la imaginación de la multitud. No hubo contrapeso al estancamiento, al pesimismo, a la entrega más abyecta al misticismo. Cuando al final de todo, la chusma se presentó para quemar la Biblioteca no había nadie capaz de detenerla».Carl Sagan, Cosmos

 

La auténtica democracia implica que la ciudadanía participe de verdad en los avances sociales. Los ciudadanos debemos estar formados e informados, debemos estar preparados intelectualmente para recibir con capacidad crítica lo que nuestros representantes nos dicen. Y conseguir esa preparación intelectual requiere tener una concepción del mundo, una cosmovisión: ¿cómo funciona la naturaleza, la sociedad, el ser humano...? Ahí es donde tiene su papel el divulgador científico. España en este sentido ha sido, desgraciadamente, bastante miope. No en vano hemos sufrido 40 años de exterminio del pensamiento y la cultura. Lo de «¡Abajo la inteligencia, viva la muerte!» no fue sólo la ocurrencia de un chalado, fue una manera de pensar que nos ha dejado sus posos y nos ha pasado factura. Pero incluso después de un devastador incendio y bajo las más negras cenizas puede surgir de nuevo la vida. Por fortuna, ahora podemos disfrutar en nuestro país de divulgadores extraordinarios como Sánchez Ron Cayetano López, Jorge Wagensberg, Manuel Toharia y otros muchos. Pero si su labor no cala en la sociedad porque se haya hecho poco o nada al respecto, ¿Para qué sirve?

 

Indudablemente, el trabajo del científico es duro, entregado, casi siempre vocacional y muy meritorio, pero sus frutos deben hacerse colectivos, es decir, divulgarse. Evidentemente, divulgar la ciencia no es contar a todo el mundo el resultado de los experimentos: para eso ya están las revistas científicas que, por supuesto, ni son divulgativas ni pretenden serlo. Divulgar la ciencia es hacer accesible al público en general, no los detalles del trabajo científico, sino lo general, es decir, lo que trasciende, y por eso la divulgación científica puede estar muy cerca de la filosofía. Hay quien pensará que un científico se tiene que dedicar a la ciencia y no a la filosofía: una visión simple, porque ambas, ciencia y filosofía, van de la mano. Lynn Margulis decía, refiriéndose a sus clases de ciencias naturales en la Universidad de Chicago: Allí la ciencia facilitaba el planteamiento de las cuestiones profundas en las que la filosofía y la ciencia se unen: ¿Qué somos? ¿De qué estamos hechos nosotros y el universo? ¿De dónde venimos? ¿Cómo funcionamos? En este mismo sentido, el neurocientífico Antonio Damasio decía hace poco en una entrevista concedida a El País Semanal que “las ciencias que tienen que ver con el cerebro y con la mente no pueden separarse de las preocupaciones filosóficas”. Igualmente, preguntarse ¿Cómo vería el mundo si estuviese cabalgando en un rayo de luz? también es filosofar, pero esa pregunta “filosófica” es lo que llevó a Einstein a elaborar la teoría de la relatividad.

 

En los países europeos y anglosajones, a los que tanto admiramos en muchas cosas, es normal que los científicos hagan “filosofía”. Hoy es casi un requisito indispensable para el que quiera desarrollar una carrera investigadora, que haya desempeñado parte de su trabajo en Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania…, países a los que tenemos como modelo. Pues de Estados Unidos han salido algunos de los más grandes divulgadores científicos del siglo XX, como Isaac Asimov, Carl Sagan o Stephen Gould. Por tanto, si queremos emular a esos países aventajados en desarrollo científico, no debemos olvidar que allí también se “filosofa”, al menos más que aquí. En esos países punteros en ciencia, hablar de biología e ideología, por ejemplo, no es cosa de ilusos o despistados. Nada menos que en las Massey Lectures -donde han participado intelectuales como Noam Chomsky, Doris Lessing, Lévi-Strauss o Galbraith- hablaba en 1990 Richard Lewontin sobre biología e ideología. Allí, el debate sobre la tercera cultura ha sido extenso y aquí muchos científicos ni siquiera han oído hablar de ella… En definitiva, despreciar la divulgación científica o sostener que ciencia y filosofía no tienen nada que ver es un gran error. Einstein, Gould, Asimov, Sagan, Margulis, Damasio, Lewontin… y tantos otros científicos-filósofos son ante todo científicos, pero su preparación intelectual les lleva un paso más allá hacia la dimensión filosófica o divulgativa, y eso no sólo no resta nada a su trabajo científico, sino que lo engrandece.

 

Muchos pensarán –con gran razón- que el debate científico, que en nuestro país apenas se da, en otros, aun produciéndose, es sólo patrimonio de una élite intelectual. Es cierto, y sin embargo a nadie se le escapa que el deseo y la capacidad de conocer, de saber de verdad, nos define como especie. El éxito televisivo que tuvo en su día la serie Cosmos o que han tenido posteriormente otros programas de divulgación científica pone de manifiesto la posibilidad de pensar que no sólo de basura espiritual vive el Homo sapiens 1.700 años después de la destrucción de la Biblioteca de Alejandría.

 

Sólo queda procurar que los ciudadanos entiendan como una necesidad la popularización de ese debate y que esa demanda tenga sus vías de desarrollo. En cualquier caso, los profesionales de la ciencia que consideren que las dimensiones divulgativa y filosófica no son propias del científico, deberían reflexionar sobre otra cosa. Los gobiernos no suelen dar nada si no es movidos por la presión social. Si la ciudadanía no cree necesaria la labor del científico, porque el científico no ha sabido transmitir la importancia de esa labor, luego no nos quejemos de que los gobiernos, a falta de esa presión social, no atiendan como es debido al investigador. ¿Por qué iban a hacerlo, por imperativo moral?

 

Raquel Bello-Morales

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