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viernes, 19 de octubre de 2007

Tal y como se han desarrollado algunos hechos a lo largo de los últimos días, me parece de justicia dedicarles, al menos, unas líneas. Por una parte, felicitar simbólicamente a los norteamericanos Mario R. Capecchi (de origen italiano) y Oliver Smithies, y al británico Sir Martin J. Evans por su Premio Nobel en Fisiología y Medicina, a estrenar. Por otra, llamar la atención, también simbólicamente, a un científico que, si bien, ya había dado señales de clasismo, misoginia y homofobia, ahora se desmarca con toda una declaración racista sin fundamento. Claro está... ¡él es blanco!

 


“Por sus descubrimientos sobre los principios para introducir modificaciones genéticas específicas en ratones mediante el uso de células pluripotentes embrionarias”, Capecchi, Smithies y Evans reciben el máximo galardón mundial otorgado por la Academia Sueca. Si bien, la modificación genética de ratones mediante microinyección de embriones en estadio uno (un óvulo recién fecundado) permite la inserción de material genético foráneo, con la técnica de la recombinación homóloga mediante manipulación de células madre embrionarias se puede modificar un gen “a la carta”. Obtenidas de blastocistos, estas células madre serán, tras su modificación genética, reinsertadas en un blastocisto diferente al de su propia procedencia, obteniéndose ratones quimeras para la posterior selección de las futuras líneas transgénicas (o cualquiera de sus variantes como knockout o knockin, por ejemplo). Todo un hito, toda una herramienta precisa en biología molecular y su proyección biotecnológica para el estudio de modelos animales de enfermedades, banco de pruebas o producción de animales con claro valor médico o farmacológico, que los tres galardonados han venido desarrollando en los últimos 20 años; desde sus primeras colaboraciones por aquel “lejano” 1985. Creo que es un reconocimiento justo, que ha consagrado una tecnología ya rutinaria en muchos laboratorios de esta aún más pequeña aldea global científica...

 

En el otro lado de la moneda, esta vez sin medias tintas, hay que inscribir a otro premio Nobel, aquel que hizo historia, en muchos sentidos, a mediados del siglo pasado al interpretar resultados de otros para describir la estructura de la que denominó “la molécula de la Vida”, el ADN y su típica doble hélice. En aquellos años de convulsión bioquímica, James Dewey Watson ya se hizo notar por alguna declaración bastante despectiva sobre Rosalind Franklin, la autora de las fotografías que fueron interpretadas, sin su autorización, por Watson, Wilkins y Crick –que recibieron el premio Nobel por ello en 1962, cuatro años después de la muerte de la joven y brillante científica-. Recientemente, en un libro sobre genes, chicas y laboratorio, en el que tampoco voy a entrar (me pareció penoso) vuelve a dar señales de arrogancia y otras lindezas. Pero nada que ver con sus últimas declaraciones sobre la posible autorización para abortar en el caso de que una madre averiguara que va a tener un hijo ¡homosexual! –como si ya estuviera caracterizado algún gen al respecto, por mucho que lo haya sugerido el también curioso Dean Hamer- y, hace unos días, y para promocionar de paso su último libro, que tampoco comentaré, se suelta con su ya mítica aseveración “los negros son menos inteligentes que los blancos”. Bueno, pensé que era el título de una película del estilo “los blancos no la saben meter”, pero no, no era una broma sin gusto, era una provocación en toda regla...  Ya puestos, yo tengo otro título... “como pasar de Nobel a borrico por la puerta grande”...

Como ya explicó un querido compañero en TV, la inteligencia es multifactorial. Puede que tenga componentes genéticos, sin determinar, pero, sobre todo, culturales, sociales, entre otros. Además, ¿Cómo definimos la inteligencia? Yo, por ejemplo, puedo definir la falta de ella, y es hacer declaraciones como la de nuestro... “amigo”.

JAL (UAM)

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