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viernes, 12 de enero de 2007

Todos los profesionales que trabajamos en el área de la ciencia (investigadores, personal técnico, administrativo, ...etc.) nos hemos quejado amargamente alguna o muchas veces sobre el poco caso que se le hace en España a la ciencia y el escaso dinero público y privado que se invierte en la misma. Esta queja, aun estando desde mi punto de vista totalmente justificada, no es sino una de las dos caras de la “moneda científica”.


Cuando, durante la conversación con personas ajenas a nuestro campo profesional, me preguntan dónde trabajo, suelo responder algo general, así como “en un centro de investigación científica, en temas de biomedicina”. Normalmente la conversación sigue derivando hacia cuestiones como   “¿investigáis para curar el cáncer?”, “¿usáis animales?”, “¿y todo eso para qué sirve?” y otras muchas...

 

No es la conversación anterior, evidentemente, el objeto de esta reflexión escrita; sin embargo, representa un ejemplo bastante palpable del grado de conocimiento (o, más bien, de desconocimiento) que la gente de la calle tiene acerca del trabajo que se lleva a cabo en cualquier centro de investigación, sea público o privado. Sin embargo, este desconocimiento no es en absoluto sinónimo de desinterés, y así lo prueban las asistencias masivas de público a eventos como la Feria de Madrid por la Ciencia y la Semana de la Ciencia o a lugares como el Museo de las Ciencias Príncipe Felipe de Valencia, por citar sólo tres ejemplos. Resulta evidente, entonces, que a la gente le interesa conocer la actividad científica y desea comprender y valorar el fruto de la misma. Esto me lleva a hacer algo de autocrítica sobre la actitud de las personas que trabajamos en ciencia: sumidos en la vorágine de nuestras tareas diarias y en la creencia de lo sumamente elevado de nuestro trabajo, olvidamos dedicar un tiempo a pensar que, siendo crucial trabajar intensamente para obtener resultados (que lo es), también es tremendamente importante transmitirle a la sociedad respuestas a cuestiones fundamentales como “a qué nos dedicamos”, “para qué sirve lo que hacemos” y “por qué es importante invertir en nosotros”. En los casos más extremos, desde nuestra propia comunidad profesional se supera esta especie de desidia pero en sentido contrario, llegando incluso a criticar con desprecio cualquier actividad que tenga por objeto divulgar el contenido de nuestro trabajo.

 

No obstante, esta autocrítica no conlleva ningún pesimismo por mi parte, sino todo lo contrario: las cosas están cambiando, y así lo demuestran muchas iniciativas relativamente recientes y tremendamente positivas (de nuevo cito sólo algunos ejemplos), como las creaciones del Departamento de Cultura Científica del CSIC, la Oficina de Programas de Cultura Científica del Centro de Biología Molecular “Severo Ochoa”, los Weblogs de mi+d y la Oficina de Programas de Cultura Cientifica de la Universidad Autónoma de Madrid. Parece que entre todos empezamos a darnos cuenta de que es necesario salir de nuestra torre de marfil y “bajar a la calle” para que se nos valore justamente.

 

Desde las instituciones políticas y científicas se están sentando las bases para una  difusión amplia y comprensible, pero a la vez rigurosa, de nuestro trabajo. Aprovechémoslas para hacer entender a la gente que la investigación científica es vital para un país avanzado; nuestro esfuerzo divulgativo será recompensado con creces: cuando el ciudadano de a pie conozca la investigación de calidad que se realiza en su país y se sienta orgulloso de ella, cuando sepa que en nuestros laboratorios se realizan descubrimientos útiles para el progreso de la sociedad, cuando llegue incluso a sentir la misma admiración por una personalidad científica que por un deportista o un artista... Entonces no tardará en exigirle a la autoridad competente que en nuestro país se sitúe a la ciencia en el lugar que merece.

 

Un saludo para todos,

 

Fernando Carrasco

Centro de Biología Molecular "Severo-Ochoa" (CSIC-UAM

 

17:32 | gestionado por José Antonio López | Enviar comentario (19)