Todos los profesionales que trabajamos en el área de la ciencia (investigadores, personal técnico, administrativo, ...etc.) nos hemos quejado amargamente alguna o muchas veces sobre el poco caso que se le hace en España a la ciencia y el escaso dinero público y privado que se invierte en la misma. Esta queja, aun estando desde mi punto de vista totalmente justificada, no es sino una de las dos caras de la “moneda científica”.
Cuando,
durante la conversación con personas ajenas a nuestro campo
profesional, me preguntan dónde trabajo, suelo responder algo general,
así como “en un centro de investigación científica, en temas de
biomedicina”. Normalmente la conversación sigue derivando hacia
cuestiones como “¿investigáis para curar el cáncer?”, “¿usáis animales?”, “¿y todo eso para qué sirve?” y otras muchas...
No
es la conversación anterior, evidentemente, el objeto de esta reflexión
escrita; sin embargo, representa un ejemplo bastante palpable del grado
de conocimiento (o, más bien, de desconocimiento) que la gente de la
calle tiene acerca del trabajo que se lleva a cabo en cualquier centro
de investigación, sea público o privado. Sin embargo, este
desconocimiento no es en absoluto sinónimo de desinterés, y así lo
prueban las asistencias masivas de público a eventos como la Feria de Madrid por la Ciencia y la Semana de la Ciencia o a lugares como el Museo de las Ciencias Príncipe Felipe de Valencia,
por citar sólo tres ejemplos. Resulta evidente, entonces, que a la
gente le interesa conocer la actividad científica y desea comprender y
valorar el fruto de la misma. Esto me lleva a hacer algo de autocrítica
sobre la actitud de las personas que trabajamos en ciencia: sumidos en
la vorágine de nuestras tareas diarias y en la creencia de lo sumamente
elevado de nuestro trabajo, olvidamos dedicar un tiempo a pensar que,
siendo crucial trabajar intensamente para obtener resultados (que lo
es), también es tremendamente importante transmitirle a la sociedad
respuestas a cuestiones fundamentales como “a qué nos dedicamos”, “para
qué sirve lo que hacemos” y “por qué es importante invertir en
nosotros”. En los casos más extremos, desde nuestra propia comunidad
profesional se supera esta especie de desidia pero en sentido
contrario, llegando incluso a criticar con desprecio cualquier
actividad que tenga por objeto divulgar el contenido de nuestro
trabajo.
No
obstante, esta autocrítica no conlleva ningún pesimismo por mi parte,
sino todo lo contrario: las cosas están cambiando, y así lo demuestran
muchas iniciativas relativamente recientes y tremendamente positivas
(de nuevo cito sólo algunos ejemplos), como las creaciones del
Departamento de Cultura Científica del CSIC, la Oficina de Programas de Cultura Científica del Centro de Biología Molecular “Severo Ochoa”, los Weblogs de mi+d y la Oficina de Programas de Cultura Cientifica de la Universidad Autónoma de Madrid.
Parece que entre todos empezamos a darnos cuenta de que es necesario
salir de nuestra torre de marfil y “bajar a la calle” para que se nos
valore justamente.
Desde las instituciones políticas y científicas se están sentando las bases para una difusión amplia y comprensible, pero a la vez rigurosa, de nuestro trabajo.
Aprovechémoslas para hacer entender a la gente que la investigación
científica es vital para un país avanzado; nuestro esfuerzo divulgativo
será recompensado con creces: cuando el ciudadano de a pie conozca la
investigación de calidad que se realiza en su país y se sienta
orgulloso de ella, cuando sepa que en nuestros laboratorios se realizan
descubrimientos útiles para el progreso de la sociedad, cuando llegue
incluso a sentir la misma admiración por una personalidad científica
que por un deportista o un artista... Entonces no tardará en exigirle a
la autoridad competente que en nuestro país se sitúe a la ciencia en el
lugar que merece.
Un saludo para todos,
Fernando Carrasco
Centro de Biología Molecular "Severo-Ochoa" (CSIC-UAM