David ByN
Una de las mayores concentraciones de telescopios se encuentra en la gran isla de Hawaii, en el
observatorio astronómico de Mauna Kea. Sobre la cima de un gigantesco volcán se encuentran los
Keck, de diez metros cada uno,
Subaru y
Gemini, con primarios de una pieza y diámetro superior a los ocho metros y varios telescopios de clase cuatro metros (IRTF, UKIRT, CFHT), además de otra instrumentación astronómica como la antenas del CSO (10.4 metros), la del JCMT (15 metros) o el SMA (8x6 metros), que operan en el submilimétrico. En radio se encuentra el VLBA, con una base de 25 metros.
Sin embargo, en ocasiones el observador se convierte en sujeto pasivo y es observado, en este caso desde órbita.
Comparación del tamaño de los espejos primarios de los distintos telescopios que funcionan en el rango óptico-infrarrojo en el observatorio de Mauna Kea. Crédito Universidad de Hawai.
Esta moderna bateria de instrumentación astronómica ha contribuído de manera crucial al conocimiento que tenemos del universo en el que estamos inmersos. Es, en verdad, uno de los hogares de los observadores astronómicos. Y un sitio privilegiado desde el punto de vista estético, con unas vastas impresionantes, desde donde se
ve con cierta facilidad el rayo verde.

Hawaii desde la Estación Espacial Internacional. Crédito ISS/Image Science & Analysis Laboratory, Johnson Space Center.
Imagen en alta resolución.
Sin embargo, no es habitual que el observador se convierta en el objeto, en la pieza de caza. Esto es lo que ocurrió el 17 de mayo del 2008, cuando la tripulación a bordo de la Estación Espacial Internacional (ISS)
una imagen de la isla y de sus inmensos volcanes: el Mauna Kea y el Mauna Loa (el volcán en escudo más grande de nuestro mundo). En la imagen se ha etiquetado las plumas o flujos piroclásticos que provienen del volcán Kilauea, el más activo de entre los de tipo escudo.
Concentración de dióxido de azufre sobre el archipiélago de Hawaii. Crédito EOS/Aura/OMI.
Imagen en alta resolución.
Dos meses antes, observaciones realizadas con el satélite EOS/Aura y el instrumento fino-holandés OMI (Ozone Monitoring Instrument) nos proporcionan una visión detallada de la concentración de dióxido de azufre dos días después de la
erupción del volcán Kilauea el 19 de marzo del 2008. Además de ser un peligro directo para la salud de las personas que lo inhalan, el dióxido de azufre reacciona con el agua de la atmósfera y crea aerosoles que pueden permanecer suspendidos en la estratosfera durante meses después de una erupción volcánica, reflejando parcialmente la luz solar y produciendo un enfriado relativo del planeta.
El volcan Etna, en plena erupción y localizado en la isla italiana de Sicilia, observado desde la Estación Espacial Internacional (fotografía del 30 de octubre de 2002). Crédito Earth Sciences and Image Analysis Laboratory at Johnson Space Center.
Imagen en alta resolución.
Más impresionante aún fue la erupción del Etna del año 2002, un mítico volcán situado en Sicilia, junto al estrecho de Mesina. Desde la Estación Espacial Internacional, que sobrevuela el planeta desde una órbita muy baja, de escasos cientos de kilómeros, se aprecia completamente la
estructura tridimensional del cono volcánico, y las columnas de de gas y cenizas que pueden ascender varias decenas de kilómetros, y se deplazan grandes distancias,
cubriendo una gran superficie sobre el Mediterraneo central.
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