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viernes, 12 de enero de 2007

David Barrado y Navascués


Durante esta semana, el Observatorio Austral Europeo (ESO) está celebrando unas jornadas de puertas abiertas, con objeto de divulgar sus actividades. Veo desfilar un gran número de gente por el observatorio de La Silla. Incluso durante estos días se celebra una escuela para niños y jóvenes, que muestran un gran interés por la ciencia.


El caso más curioso, desde mi punto de vista, aconteció el pasado lunes, cuando subía en un pequeño autobús junto a varios chavales chilenos. Justamente tras de mí conversaban y jugaban dos niñas de unos 11 años y un chico de unos 15. Su juego no era con playstations, ni estaban aislados escuchando música a un volumen ensordecedor. No, los tres participaban en una versión sui generis de un conocido concurso televisivo. Uno de ellos sugería una letra del abecedario, y cada uno de ellos tenía que escribir en un papel un nombre de animal, una ciudad, un país, una marca comercial, etc, que comenzasen por esa letra. Conseguía puntos quien no repitiera palabra (la misma ciudad en dos o más personas no proporcionaba puntuación, con lo cual se evitaba la memorización de jugadas anteriores). En definitiva, un juego muy educativo.

Me sorprendió la cantidad de ciudades que conocían, y la madurez y la elegancia del lenguaje. ¡Qué diferencia con los jóvenes españoles que conozco, incluso con aquellos que ya han alcanzado la universidad. Destacan por la pobreza de su lenguaje, el total desconocimiento de la geografía más elemental, incluyendo la de España, el solipsismo de sus juegos, la estrechez de sus miras.

El sistema educativo chileno, por lo que sé, se basa esencialmente en la educación privada, algo que no comparto. Creo sinceramente en la igualdad de oportunidades cualesquiera que sea el nivel socioeconómico del individuo, y eso solamente se puede conseguir con un sistema educativo público de calidad. Pero, contrariamente a los que ocurre en España, las familias chilenas sí se toman en serio la educación de sus hijos, si invierten tiempo, y no solo dinero, en su futuro. Por la gente que conozco aquí, siguen creyendo que la responsabilidad de la educación recae, esencialmente, en los padres, en las familias. No han renunciado a este deber, trasladándolo a las escuelas y a los profesores, como en nuestro país (donde, sin embargo, no se proporcionan a los profesores de las herramientas adecuadas para ejercer su labor formativa).

En definitiva, tengo la sensación de que la sociedad chilena tiene futuro, porque los más jóvenes se forman de verdad. Lamentablemente, no creo que sea el caso de la española. Estamos a tiempo de evitar problemas importante, aun que hayamos perdido ya a una generación de españoles, debido a nefastas reformas educativas, luchas políticas, regionalismos obsoletos y provincianos, y a la actitud negligente de los padres. ¿Tenemos la voluntad de poner remedio?

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