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miércoles, 26 de abril de 2006

David Barrado y Navascués

Aprovecho una pausa para salir a contemplar el cielo nocturno.  Para disfrutar en directo otro tipo de espectaculo. Para ver las estrellas, la Vía Lactea. Pero también para escuchar...


Es la segunda noche de observación. No nos podemos quejar: el tiempo es estable y la atmósfera está bastante limpia. Amelia es quien está  llevando el peso de  las observaciones, yo me límito  a apoyarla,  mientras trabajo en otras cosas.

La sala de observación está saturada. Es un pequeño edificio auxiliar, llamado "el Ritz" con cierta sorna,  que incluye los controles de al menos  tres telescopios  (los de 2.2 y 3.6 metros, y el NTT, que estamos usando  nosotros). Hace calor,  y varias conversaciones se dejan oir de manera simultanea, en varios idiomas: los alemanes del 2.2m, el español de los operadores chilenos y de nosotros, el italiano del equipo de observadores que tomará nuestro lugar el viernes y, como no,  el inglés como lingua franca.

Salgo fuera para despejarme. Después de unos instantes de adaptación, mis ojos me  vuelven a mostrar el cielo austral. Me doy cuenta para qué estoy aquí. Cuando contemplo las estrellas, los datos que veo en los ordenadores cobran nuevas dimensiones, se  vuelven más reales.

Es sorprendente lo que pueden llegar  a iluminar las estrellas  en un ambiente realmente obscuro. Los distintos telescopios se empiezan a recortar contra el cielo estrellado. Primero como contraluz, a los pocos minutos puedo ver detalles de  los edificios. Pero sobre todo está el cielo, está la Vía Lactea dominándolo todo.

No hay silencio aquí tampoco. No sé si serán generadores eléctricos o   compresores, pero hay un ruido de fondo constante.  Lo curioso es que   en ciertos momentos se escucha un suave murmullo: el de un telescopio que se mueve, que apunta a un nuevo objetivo. Maravilla de la  técnica, música para mí. Como dice la canción de Battiato:

Vigilantes del cielo, prestos a dirigir
telescopios gigantes, para invadir las estrellas.

No quiero invadirlas, me bastaría con conocerlas. Aunque fuera un poco.

23:08 | gestionado por David Barrado y Benjamín Montesinos | Enviar comentario (4)

David Barrado y Navascués

Las  noches de observación astronómicas dan para mucho. Para indagar sobre  las  estrellas; para explorar  otros mundos. Incluso la blogsphera.


Leo en notiWEB la noticia: "La creación de blogs se consolida como uno de los fenómenos más pujantes de Internet".  Se afirma que cada día se crean en el mundo más de 80,000 bitácoras. Sorprendente.

Durante las largas noches en el  observatorio, mientras observo estrellas y enanas marrones, y espero a que los datos se  desgranen poco a poco,  revelando los "secretos del Universo", navego por la red y me doy cuenta de la gran diversidad de diarios, de bitácoras, de mundos. Imposible recorrerlos todos. ¿Cómo elegir, cómo seleccionar? La red, en verdad,  es como una telaraña, que te puede atrapar con facilidad.

Gran parte de lo que encuentro es "ruido", no contiene información  real, al menos no desde mi punto de vista. Ni calidad literaria, ni historias humanas que merezcan la pena. Pero existe una gran territorio que sí aportan algo, que leería  con gusto,   de tener tiempo casi infinito.   ¿Debería dejar que el azar me condujese? ¿O debería haber unos críticos de bitácoras, análogos a los literarios, qué me ayudasen para no perderme por este laberinto multidimensional? ¿Quien ejercerá de Ariadna en esta ocasión?
 
Con todo, veo que hay cierta información que no es fácilmente accesible. Existen nichos que cubrir. Supongo que por eso mantenemos esta bitácora.

17:26 | gestionado por David Barrado y Benjamín Montesinos | Enviar comentario (2)