David Barrado y Navascués
Ayer recibí un mensaje de mi amiga Almudena, con un foto de su hijo. El bebé tiene pocos meses; la madre es una excelente investigadora.
En verdad, ella como científica está en la élite. Docenas de artículos publicados en revistas con sistema de árbitro, charlas invitadas en congresos y centros de investigación, estancias postdoctorales en centros de prestigio (Oxford y Hertforshire en el Reino Unido, el Steward Observatory en Arizona, EEUU). De hecho, formó parte del equipo que realizó las calibraciones para uno de los instrumentos del telescopio espacial Spitzer, de la NASA. Ella, como yo, es otra contratada dentro del programa Ramón y Cajal. Además, compartimos proyecto: la contribución española a MIRI, un instrumento del próximo telescopio espacial ("James Webb Space Telescope" o JWST). Ella, como especialista en galaxias; yo, como astrónomo estelar y subestelar, y como responsable de los fondos que el Plan Nacional del Espacio ha asignado al proyecto. Ella, como yo, tiene su carrera científica pendiente de un hilo. A pesar de la promesa implícita de gobiernos de distinto signo nuestra estabilización dentro del sistema de Ciencia Española no está resuelta.
Pero su problema es más agudo, mas espinoso. Más importante, me atrevería a decir. Como madre tiene unas responsabilidades que yo, por fortuna o desgracia, no tengo. A los niños hay que llevarlos a la guardería. Se ponen malos y necesitan médicos y cuidados. Están las reuniones de padres (¿o madres?) en los colegios.¿Y quien estudia con ellos, quien les lee cuentos? En la mayoría de los casos son mujeres, son las madres. Por supuesto, esto tiene un coste en la vida profesional de la madre. No están, por lo general, ni tan disponibles ni tan centradas como el padre. Desde mi punto de vista éste es un problema muy grave de la sociedad española: como conciliar la vida laboral con la vida profesional; como equilibrar el papel del padre y el de la madre.
Cuando estamos hablando de una investigadora la situación se torna bastante sombría. Aunque la Ciencia da mucho, exige más. Almudena no piensa tener más hijos. Como ella, la mayoría de las científicas que conozco o no quieren tener hijos o, como mucho, solo uno. Y solo se atreven cuando se acercan a los cuarenta. Antes es prácticamente imposible, salvo que renuncien por completo a su carrera y cambien de trabajo. La Ciencia, entre otras cosas, demanda dedicación, tiempo, concentración. Cuando se tiene un niño enfermo es difícil, muy complicado, estar pensado en tus ensayos, en tus análisis; en publicaciones y en congresos científicos. En un mundo tan competitivo como el científico, esto se paga. Se paga con una menor producción científica, con menor impacto (los resultados se defienden en reuniones científicas, y difícilmente se puede hacer si no se tiene tiempo para viajar). Se paga cuando se quiere acceder a un puesto permanente, durante una oposición.
Almudena y yo ya hemos competido por la misma plaza de investigador. De hecho, fue una experiencia interesante para los dos. Casi diría que divertida. Quedamos empatados en el primer ejercicio junto a otros dos compañeros, aunque al final fue uno de éstos quien se hizo con la plaza. Eso ocurrió hace ya tres años. No creo que volvamos a competir por un puesto. Nuestros campos de trabajo son muy distintos y las plazas del Consejo Superior de Investigaciones Científicas salen ahora muy perfiladas. Pero si llega a ocurrir yo me sentiría mal, francamente afectado por la situación. Creo sinceramente que como sociedad, debemos apoyar a las familias. Tanto económicamente como con otras medidas sociales. ¿Significa esto que se debería dar preferencia a una madre investigadora frente, por ejemplo, a un hombre soltero, sin responsabilidades, aunque éste tenga mejor currículum? ¿Debería yo desistir y no competir con Almudena, debería ella tener prioridad sobre mí? ¿Sería justo para mí, que he renunciado a otras cosas? No estoy diciendo que mi currículum sea mejor, vuelvo a enfatizar que ella es un investigadora con nombre internacional bien asentado.
Creo sinceramente que el sistema debería articular unas medidas específicas para compensar la maternidad de una investigadora (medidas que, por supuesto, deberían ser extensibles a otras mujeres con hijos, aunque en algunos casos deberían estar pensadas para el ámbito científico). No sé si es una cuestión de cupos, de plazas reservadas (aunque no tomadas del exiguo número que se crean cada año). Tal vez sea una cuestión de puntos, u otro tipo de medidas que no imagino ahora. Hay otras complementarias, como guarderías dentro de los centros de investigación y colegios cercanos de calidad, de muy fácil implementación. Sé que por el camino actual no debemos seguir. No solo en lo que respecta a las mujeres investigadoras, sino, en general, al papel de la mujer en el mundo laboral y la dificultad que tiene para conciliar éste con su maternidad.