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miércoles, 15 de febrero de 2006

David Barrado y Navascués

Hasta hace unos pocos días, España era miembro de dos de las grandes agencias supranacionales dedidacas a la investigación y el desarrollo científícos, la Agencia Espacial Europea  (ESA) y el Centro Europeo para la Investigación Nuclear  (CERN). Una tercera, el Observatorio Austral Europeo (ESO) se ha sumado a la lista.



Leo en los periódicos que España se une a una gran institución científica europea, el Observatorio Austral Europeo. La ministra de Educación y Ciencia y la directora general de la ESO firmaron el pasado lunes el acuerdo de incorporación.




He de confesar que mi reacción ha sido ambivalente. Desde que quise ser astrofísico, cuando era niño, me di cuenta de la importancia, la necesidad, de que España formase parte de este club (a nuestros políticos les ha llevado bastantes más años percatarse de este hecho). Sin embargo, tal vez no sea éste el momento más adecuado; tal vez las negociaciones no se hayan conducido por los mejores canales. A fin de cuentas, los principales implicados, los astrónomos, casi no hemos participado del proceso negociador. Casi diría que la información que hemos recibido ha sido bastante escasa.  Envidio a mis colegas del Reino Unido. Cuando este país se unió a ESO hace unos pocos años, el procesos fue mucho más abierto y participativo.


En cualquier caso, lo más importante es que ya somos un país miembro de pleno derecho, y que no solamente podremos solicitar tiempo de observación en alguno de los telescopios más potentes del mundo, sino que participaremos en desarrollos tecnológicos que potenciarán la industria española y su competitividad, que falta nos hace.

(La fotografía, cortesía de ESO, muestra el Cerro Paranal y su transformación desde 1991 hasta 1999, en Chile. Allí se encuentra el conjunto de cuatro telescopios de 8 metros de diámetro llamado "Very Large Telescope").

16:09 | gestionado por David Barrado y Benjamín Montesinos | Enviar comentario (0)

David Barrado y Navascués

En ocasiones,  nuestros amigos, nuestras familias nos preguntan cómo se consigue tiempo de observación en una gran instalación astronómica. La respuesta es sencilla: solicitándolo. Claro que no de cualquier modo.



Para mí, como investigador de cierta experiencia, con un gran número de campañas de observación a mis espaldas (¿no sería más apropiado decir "a mis ojos"?),  el sistema es relativamente sencillo. Cada observatorio astronómico  solicita propuestas de observación  una o dos veces al año a sus respectivas comunidades (generalmente nacionales o internacionales). Basta con tener una idea, querer resolver un problema  y pensar en un estrategia para hacerlo. Entonces se busca la  instrumentación adecuada 
y el telescopio   más idóneo. Si lo que quiere es verificar que una estrella es muy fría y pertenece a una asociación estelar, seleccionaré un telescopio de tamaño medio con un espectrógrafo de resolución baja o media  que funcione en el rango óptico. Si busco planetas alrededor de estrellas cercanas podré utilizar un telescopio incluso  de modesto tamañoo, pero de gran resolución espectral. Las imágenes más espectaculares suelen estar tomadas con telescopios que tengan cámaras de gran resolución espacial situadas en su foco primario.

Cada año escribo decenas de  propuestas. Algunas son aceptadas por los comités de selección de tiempo, formados por otros astrónomos que rotan en el puesto cada pocos años. Otras propuestas  son rechazadas por diferentes motivos. El tiempo disponible es  limitado y puede haber otras propuestas mejores, o hay problemas que están más de moda. O incluso puedo haberme equivocado al diseñar mi estrategia observacional  o al seleccionar la instrumentación, y este grupo de expertos generalmente proporciona indicaciones para que el astrónomo solicitante mejore su propuesta y la reenvíe  durante el  siguiente periodo.

Casi diría que escribir propuestas de observación se puede convertir en un arte: es oratoria por escrito. Intentas convencer a otros astrónomos que el problema  que te interesa es muy importante, y que las observaciones que solicitas son factibles y que realmente proporcionarán datos que, una vez analizados apropiadamente,  serán cruciales para resolver el problema. Y ello en muy pocas  docenas de líneas, compitiendo  contra cientos de propuestas de calidad similar.

Existe un poco de tensión durante este proceso. Siempre hay una fecha límite y se trabaja un poco bajo presión. Ahora mismo estoy escribiendo varias propuestas para el satélite Spitzer, un gran telescopio espacial de la NASA que trabaja en el infrarrojo. Dentro de un par de dias se  cumplirá el plazo y todavía queda mucho trabajo por hacer: conversaciones con otros especialistas, pulir el lenguaje (casi siempre se escribe en inglés), clarificar conceptos, crear graficas que ayuden a explicar el objetivo de  la propuesta. Finalmente se tiene que verificar que todo está correcto, que  no hay errores tipográficos, que no se ha borrado algo esencial en el último momento. ¡Qué sensación tan placentera cuando todo ha terminado, cuando recibimos la comunicación de que la propuesta ha sido recibida! Pero, ¡ay! El ciclo continua. Dentro de otros quince días tengo otro plazo, en este caso para el observatorio hispano-alemán de Calar Alto. Y a finales de marzo el del Roque de los Muchachos en La Palma. Un poco más tarde, los observatorios chilenos del Observatorio Austral Europeo, organización a la que España se ha adherido recientemente.

Realmente, es un proceso sin fin. Eso sí, merece la pena cuando  le comunican a uno que la propuesta ha sido aceptada. Y qué placer cuando por fin te encuentras en el observatorio, con un gran telescopio a tu disposición por unos pocos días. Sobre todo si el tiempo coopera y te permite tomar datos. Pero esa es otra historia...

Un arte, un juego, sí. Que permite que la Ciencia avance. Sencillo. Solo hay que tener una idea y  escribir una propuesta...

14:45 | gestionado por David Barrado y Benjamín Montesinos | Enviar comentario (2)