La frase que titula esta nota es algo totalmente usual para los astrónomos, pero seguro que suena críptica para alguien que no haya tenido la experiencia de ir a un observatorio astronómico en invierno... vamos a intentar explicarlo para que nos entendáis.
Lo primero es lo de "observar". Cuando les decimos a nuestros amigos que nos vamos a observar a Canarias o a Hawaii, o a Almería, o a Chile, por citar algunos de los lugares que frecuentamos, la cara es siempre irónica, y la respuesta puede que no menos: "...claro, claro, a observar a Hawaii... ¿y qué observáis?... y por supuesto luego os iréis a la playita...".
"Observar" es lo que se hacía hace unas pocas décadas, cuando el producto de un trabajo de Astronomía era fruto de noches a pie de telescopio, mirando literalmente por el ocular e intentando desentrañar lo que por allí se veía, como en el grabado al margen donde vemos a Hevelius, un astrónomo polaco que vivió en el siglo XVII, mirando el cielo con uno de los telescopios que diseñó. Sin embargo, ahora que los telescopios están dotados de cámaras y detectores, "observar" consiste en tomar tus datos, a veces siquiera sin estar cerca del telescopio, en salas de control acondicionadas, incluso lejos de la cúpula. Se "observa", pero a través de complicados sistemas ópticos y almacenando los datos en discos, cintas o incluso transfiriéndolos al ordenador de tu centro de trabajo al momento.
Lo de la "playita" es otro mito: la jornada en un observatorio, si el tiempo es bueno, pongamos en invierno, comienza a eso de la 4 de la tarde, cuando uno se levanta, "desayuna" algo, cena a las 5, a las 6:30 al telescopio, a poner todo a punto y a crear algunos archivos de calibración. Se comienza a tomar datos cuando anochece y no es raro irse a dormir a las 8 de la mañana del día siguiente o más tarde... el cuerpo no está para coger un coche, bajar una carretera de 38 kilómetros con 800 curvas (por ejemplo del Observatorio del Roque de los Muchachos en La Palma) y piedras que se desprenden de las laderas, irse a la "playita" y subir luego a observar de nuevo.
Esa jornada que he descrito es la "ideal". Las dos últimas campañas de observación en las que he participado han sido en noviembre de 2005, en La Palma (cuatro noches y cero horas de observación), y en Calar Alto, donde hay un observatorio hispano-alemán (nueve noches, con menos de dos donde pudimos tomar algún dato útil). Eso es lo que nosotros llamamos "abrir"... que, más explicitamente, es "abrir la cúpula". hay muchos factores que no te dejan "abrir": el viento intenso, la humedad (si es mayor de un cierto límite el agua se condensa en el espejo del telescopio y en la electrónica), por supuesto, la nieve, la lluvia o la niebla. Hay veces que el cielo está perfecto durante toda la noche, muy transparente, pero con una humedad relativa del 100%, con lo cual uno se dedica a trabajar en otras cosas, echando de vez en cuando una ojeada al marcador del higrómetro, al mapa del Meteosat y desesperándose o tomándoselo con filosofía... así es la Astronomía desde los observatorios.
Ya sabéis lo que significa "he ido a observar y no he podido abrir".
Las fotografías que se incluyen en esta nota fueon tomadas por David Montes, un colega astrónomo que trabaja en el Departamento de Astrofísica y Ciencias de la Atmósfera de la Universidad Complutense, durante la última campaña en Calar Alto, allá arriba en la Sierra de los Filabres a una hora de Almería. Podéis ver el paisaje nevado, al autor de estas líneas conduciendo hacia la residencia el único día que pudimos observar toda la noche (nótese el hielo en el parabrisas, sólo había un hueco de un par de centímetros de diámetro en el cristal por donde veía la carretera), y una imagen tomada con una lente de ojo de pez, del telescopio de 3.5 m de diámetro.