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jueves, 01 de febrero de 2007

Miquel Barceló, el único integrante de aquella generación de pintores de los ochenta (entonces sin duda sobrevalorada, hoy quizá recordada con excesiva condescendencia) que ha logrado consolidar su carrera dentro y fuera de nuestras fronteras, presenta estos días en la Catedral de Palma de Mallorca su último trabajo, un monumental "retablo" de cerámica sobre el milagro de los panes y los peces. La casualidad ha hecho que coincida este evento con la soberbia exposición de Tintoretto en el Museo del Prado. "¿Y...?", se preguntarán muchos.


A Barceló y Tintoretto, salvando todas las distancias -no siendo la menor de ellas los siglos que separan a uno de otro-, les une una misma concepción de la pintura, del arte y del artista. Ambos son pintores proteicos, barrocos, exaltados y exuberantes. Abordan su trabajo con una furia creadora y una virulencia expresiva poderosísimas, no siempre sujetas al criterio de la razón, la belleza o incluso el buen gusto imperante en cada una de sus épocas. De hecho, Barceló se declara explícitamente heredero de Tintoretto, y con él de toda una tradición artística en la que el pintor es una especie de demiurgo, creador antes de vida que de objetos, un sujeto dominado por una pulsión creativa casi incontenible que su sagaz y fértil mente es no obstante capaz de domar. Con este punto de partida y apoyándose en un sustrato cultural que conocen muy bien, esta estirpe romántica de artistas -cuyo paradigma es, evidentemente, Picasso- juega a construir, destruir, reconstruir y deconstruir el mundo y la vida en sus obras una y otra vez.

Si en tiempos de Tintoretto su libertad y su energía a la hora de afrontar temas canónicos resultaba ya llamativa, hoy en día la manera de afrontar la labor artística de Barceló resulta casi disparatada, de puro ingenua. Reclamar para sí los valores del artesano y el obrero, del panadero y el pescador, es cuanto menos una broma (sino directamente una ofensa, una forma de "rebajar" el arte) en un momento en el que tantos parecen estar de acuerdo en la muerte del arte -más bien su suicidio- por "filosofización". Convertido éste en mera idea sometida al incesante flujo de intercambios simbólicos y económicos de la sociedad de las TIC, la imagen de un pintor manchado de arcilla y pintura que ha elaborado un mural gigantesco y tridimensional para la capilla de una catedral es tan arcaica que resulta casi grotesca.

Y, sin embargo, nadie está inmunizado contra una propuesta semejante, contra esa idea del arte según la cual las obras recrean la vida, otra vida, y nos hacen saborear, durante unos instantes, el sueño feliz de una existencia mejorada. Si el espectador actual se sigue emocionando ante El Milagro de los Panes y los Peces de Tintoretto, ¿qué le hace pensar que está vacunado contra el de Barceló? ¿Hegel, Duchamp, Danto?

El misterio del arte es su capacidad de seducirnos pese a nosotros mismos, pese a nuestras ideas preconcebidas y nuestro apego por el deber ser de las cosas -y entre ellas, del arte- aquí y ahora. Como le ocurre al artista, la relación del intelecto con el espíritu no es siempre -menos mal- de dominación. Ni ante la vida, ni ante el arte que recrea la vida. Para la muerte del arte todavía queda mucho. Aunque su pronóstico siga siendo reservado.

Tintoretto: El Milagro de los Panes y los Peces, c. 1545-1550.

Daniel A. Verdú Schumann

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