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martes, 31 de octubre de 2006

Uno de los últimos suplementos culturales de El País daba cuenta de un fenómeno en alza: el arte realizado con nuevas tecnologías. No se trata sino de la (pen)última versión de la intensa relación que el arte ha mantenido históricamente con las innovaciones técnicas y tecnológicas de cada época; con el interés añadido, en este caso, de que dichas innovaciones prometen alterar no sólo la materialidad de la obra, sino también la circulación y los modos de recepción de la misma.


Me confieso bastante escéptico al respecto, menos por las potencialidades del new media art o el net.art que por los propios mecanismos que rigen nuestra relación con el arte, y que ya en ocasiones anteriores han dado al traste con propuestas similares. Creo que, una vez más, el arte sobrevalora su capacidad de influir en nuestros comportamientos sociales y modificarlos en su propio beneficio. No se trata de elegir entre ser apocalíptico o integrado, sino de reconocer los propios límites de una actividad que hace tiempo que dejó de estar llamada a cambiar el mundo, al menos en términos macropolíticos (de la polis). No es que no sea tiempo de utopías; es que quizá el arte no sea el cuerpo en que éstas deban encarnarse.

Daniel A. Verdú Schumann

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