Respondo aquí al reciente post de D. Mellén sobre el tema de la (auto)censura en el arte y las fiestas populares, en el que cuestiona los “beneficios” de ambas manifestaciones culturales en tanto que ejercicios de catarsis individual o colectiva. Me temo que interpreta demasiado literalmente mi anterior entrada, en la que probablemente no dejé suficientemente claro cuánto de idealista wishful thinking, incluso cuánto de irónico, había en mis palabras. Volveré sobre el sentido de las mismas al final...
No soy un experto en Antropología, pero me parece evidente que, como todas las Ciencias Humanas y Sociales, también esta disciplina se rige por la esencial imposibilidad de demostrar de forma infalible y sistemática sus teorías acerca del mundo empírico (de lo contrario serían Ciencias “duras” –esto es, evidentemente, una tosca simplificación de una realidad mucho más compleja, pero no es éste el asunto que ahora nos atañe). Ello, lejos de invalidarlas, es precisamente lo que las convierte en herramientas flexibles, y por tanto útiles, para iluminar nuestra cambiante condición individual y social. Viene esto a cuento de las contra-tesis brillantemente esgrimidas por D. Mellén. Que la simbolización de la violencia no conlleva la desaparición de la misma es evidente, pero ello no implica que las teorías acerca del papel de la tragedia o de la fiesta sean erróneas. ¿Alguien cree, realmente, que para acabar con la violencia basta con sublimar nuestros instintos en forma de obra de arte? La idea de que una sensibilidad cultivada es una vacuna contra el mal es tranquilizadora, pero errónea. ¿Acaso el ascenso del régimen nazi no se dio en una de las sociedades más cultas de la epoca? ¿No contaron sus atroces teorías con el beneplácito de filósofos, científicos, artistas y escritores de indudable buen gusto y sensibilidad? ¿No poseía el propio Goebbels un exquisito gusto artístico, mientras muchos otros jerarcas nazis eran buenos melómanos y grandes lectores?
Que el arte cumple una función catártica es para mí incuestionable, como lo es que la poseen las fiestas populares. Mis palabras querían funcionar antes como metáfora (metonimia, más bien) que como ejemplo. No se trataba de un “o el rito o la sangre”, “o la fiesta o la Reconquista”, sino de señalar, con cierta retranca, cómo en nuestra sociedad los conflictos han ido encarnándose, a lo largo de complejos procesos de estetización y ritualización –paralelos o posteriores, pero nunca exclusivamente alternativos al conflicto real-, en fórmulas culturales que nos permiten abordarlos sin riesgo para nosotros, y sí con placer. Como dijo Nietzsche: “únicamente el hombre es capaz de retorcer esos pensamientos de náusea sobre lo espantoso o absurdo de la existencia convirtiéndolos en representaciones con las que se puede vivir: esas representaciones son lo sublime, sometimiento artístico de lo espantoso, y lo cómico, descarga artística de la naúsea de lo absurdo” (“El nacimiento de la tragedia”).
En la sociedad del intercambio simbólico, yo utilizaba la imagen de la ópera y las fiestas censuradas como excusas para plantear –no todo lo explícitamente que habría sido necesario, aunque dicha vaguedad era también buscada- la asimetría radical que rige en el conflicto planteado en torno a este tema. Mientras para la inmensa mayoría de los occidentales que la conocen -incluidos, por supuesto, sus participantes- la fiesta de “Moros y Cristianos” carece de connotaciones racistas (no creo, al igual que mi colega Juan José, que la consideren "una práctica social que les une a un grupo y a la vez les separa de otros"), porque es evidente que ni nosotros somos aquellos “cristianos” ni los musulmanes actuales son aquellos “moros”, los radicales islámicos, que no aceptan la lógica de esa sociedad del intercambio simbólico (ni, de paso, muchos de los valores de esa misma sociedad), colocan el evento ficcional al mismo nivel que el acto real, y responden al mismo con amenazas y eventualmente acciones asimismo reales. Ésa es, en mi opinión, la clave del asunto: la desproporción entre lo que supuestamente ofende (y habría que ver cuánto hay de interesado y manipulador en la sospechosamente alta susceptibilidad de los sectores radicales del mundo islámico en la actualidad) y la reacción que dicha ofensa genera. Por eso es tan grave, creo, entrar en la lógica del que piensa que él sí es ese “moro” y nosotros esos “cristianos” (léase, exigir disculpas por la conquista de lo que no era ni España al que se empeña en considerar Andalucía parte de “su” territorio). Dije hace una semana que no quería abordar la cuestión desde el punto de vista ético o político, pero creo que es esencial diferenciar entre realidad y ficción, porque, si no, mal va a poder arreglarse el conflicto desde los poderes institucionales, que son, en mi opinión, quienes deben gestionarlo. A eso me refería cuando abogaba por no censurar el arte o las fiestas. Pertenecen a un dominio simbólico socialmente inocuo, y a ese contexto deben limitarse las disputas en torno a sus virtudes o defectos. Precisamente porque el escenario del que hablo "es bastante más real de lo que parece, no se trata de un simulacro con el que se juega a liberar tensiones", me parece imprescindible marcar las diferencias.
Se podría argumentar que la percepción de lo que es ficticio o real podría ser, precisamente, una de las diferencias radicales entre ambas visiones del mundo. Es posible, pero eso no nos exime de intentar llegar a un acuerdo sobre los límites de lo que estamos dispuestos a considerar “real”, y por tanto relevante (es llamativo que este conflicto se aborde siempre desde los símbolos -el velo, el crucifijo, las caricaturas, las fiestas...-, cuando en realidad afecta a cuestiones mucho más importantes, en realidad fundamentales, de nuestra sociedad). A los relativistas culturales habría que recordarles que los conflictos no cerrados se resuelven siempre, en última instancia, en el ámbito de lo real, en el que los daños son irreparables. Algunas teorías acerca de la conquista española en América, e incluso de la expansión de determinados pueblos precolombinos a costa de otros, señalan que numerosos pueblos indígenas entendían la guerra como un acto ritual, altamente sofisticado y dramatizado, en el que las batallas, las muertes y las tomas de prisioneros eran “interpretadas”, no reales, y por tanto incruentas y nada gravosas en términos humanos y sociales (no sería raro: así ocurre en muchas especies animales en las luchas territoriales o de apareamiento). La aparición de determinadas sociedades, mucho más “realistas” y por tanto crueles, y, por supuesto, del hombre blanco, cuya conquista nada tenía de ritual y sí mucho de violenta, habría acabado rápidamente con dichos pueblos, incapaces de entender por qué se les mataba en lo que para ellos era algo parecido a un juego.
Daniel A.Verdú Schumann