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Arte, fiestas populares y censura

Enviado el jueves, 12 de octubre de 2006 13:31

Han proliferado en las últimas semanas los actos de censura y autocensura vinculados a diversas manifestaciones artísticas. El debate que comenzara hace unos meses con las caricaturas de Mahoma publicadas por un diario danés se ha ido alimentando con nuevos episodios, como las declaraciones del Papa Benedicto XVI o, más recientemente, la supresión en Viena de la ópera de Mozart Idomeneo, por el temor a que su puesta en escena, que incluía cabezas cortadas de Jesucristo, Buda y Alá, ofendiera a sectores del mundo islámico. La última serie de acontecimientos relacionados con este asunto se refiere a la supresión de determinados elementos de las fiestas populares de diversas localidades del Levante español que pudieran resultar ofensivos para los creyentes musulmanes, como el escarnio o la destrucción de muñecos que representan a Mahoma, y, más recientemente, el desfile por Nueva York de los “Cristianos” de Alcoy sin sus correspondientes “Moros”...

 

 

El asunto es, evidentemente, demasiado serio y complejo como para despacharlo aquí en unas cuantas líneas (aunque me atrevería a afirmar que ni siquiera el planteamiento del mismo por parte de las instituciones políticas europeas ha sido todo lo ejemplar que habría sido deseable y necesario), pero en este contexto quizá no sea superfluo recordar un par de “efectos secundarios”, en este caso beneficiosos, de las obras de arte y las fiestas populares.

 

Sabemos desde Aristóteles que la función principal de la tragedia es lograr la catarsis del espectador. Mediante la contemplación de la representación ficcional de sucesos trágicos y de la identificación con sus protagonistas el público logra sublimar instintos que, si se desataran de forma incontrolada en el ámbito de la realidad, tendrían nefastas consecuencias para el individuo. Nos liberamos de los dioses cortándoles la cabeza en una obra de teatro porque no podemos hacerlo en la vida real. Ello nos alivia y reconcilia con el mundo. Evidentemente, la catarsis es uno de los efectos fundamentales no sólo de la tragedia o del teatro, sino también de las obras de arte de cualquier otra índole.

 

Y sabemos por la antropología cultural que las fiestas populares son mecanismos que cumplen con una función equivalente a escala social: actúan como válvulas de descompresión del descontento, la conflictividad, la tensión, el aburrimiento o la alienación latentes en el seno de toda sociedad organizada jerárquicamente (de modo similar a como el juego y el deporte son nuestro modo de sublimar nuestro instinto guerrero). Desde las cultos dionisíacos hasta los carnavales, las fiestas populares son ritos paganos que nos reconcilian con nuestro entorno social, al suspender -o incluso subvertir abiertamente- durante unos días las rígidas leyes y estructuras que nos gobiernan. Quemamos o hacemos estallar un muñeco de un profeta -o de una bruja, un monstruo, un noble, un fuera de la ley o cualquier otro personaje, real o imaginario, que para el que festeja sea, o más bien fuera en su momento, una figura negativa- porque no podemos destruirlo en la realidad. Es una venganza pueril, pero hoy nos reconforta porque, por un momento, gozamos de un poder y una inmunidad de la que carecemos en el día a día al que volveremos mañana.

 

Por eso no es buena idea (auto)censurar las obras de arte o expurgar los festejos populares. Si se nos niega la posibilidad de sublimar nuestros instintos -altos o bajos- a través de actos simbólicos, absolutamente inocuos desde un punto de vista social, ¿quién nos garantiza que aquéllos no van a retomar su viejo cauce de expresión natural? Mejor sacarse los ojos sobre el escenario que fuera de ellos. Mejor jugar a "Moros y Cristianos" –aunque en el simulacro siempre pierdan los mismos- que volver a los tiempos en los que, ganara quien ganara, perdían todos, porque lo que estaba en juego era nada menos que la vida.

 

Daniel A. Verdú Schumann

 

PS: Un efecto secundario de esta polémica ha sido minimizar las que hasta ahora solían proliferar en torno al arte y su relación con los principios sagrados de nuestra sociedad (la religión, la patria y el dinero), y de las que también hemos tenido ejemplos recientes en el ámbito teatral (Ramírez de Haro, Bassi, Rubianes –no me resisto a remitirles a esta estupenda interpretación de lo ocurrido en este último caso-) por estos lares, aunque también por otros más lejanos (Peter Handke). Otro día volveremos sobre estas ya casi viejas polémicas, aunque den mucho menos juego porque, en última instancia, siempre se trata de un problema de dinero: ¿quién paga esta ronda de Cultura?


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Comentarios

# re: Arte, fiestas populares y censura

12/10/2006 14:24 por Juan José Ibáñez
Hola Javier,

Soy el vecino de la bitácora Universo Invisible. Y tienes una gran parte de la razón en lo que dices.

Yo me era Moro desde que nací en un pueblo cercano a Alcoy. Y jamás, parece mentira que no se entienda, hubo la más mínima burla de Mahoma. Todo lo contrario. Como Moro (comparasa Maruecos, Onil Alicante) me sentía muy orgulloso de la mezcla cultural. Cuando llovía el último día, los cristianos no podíán reconquistar el castillo y Mahoma se salvaba ante la algarabía de la mitad (mora del pueblo). La cuestión es ¿nos hubieran dejado hacer lo mismo con la virgen?. Pues No. Y eso da mucho que pensar.

En cualquier caso me parece muy triste todo lo que está ocurriendo con el integrismo.

Cordiales saludos

Juanjo Ibáñez

# re: Arte, fiestas populares y censura

14/10/2006 22:57 por Ana Marín
La censura viene impuesta por un agente externo y, aunque en ningún caso quiero insinuar que sea positiva, sí parece que ha sido capaz de incentivar a artistas y científicos en determinados momentos de la Historia.

La autocensura presenta matices de otro calibre. Practicamos la autocensura respaldándonos en valores como la tolerancia o el respeto, pero que escondemos un instinto mucho más primario: el miedo. Con la venda del miedo delante de los ojos, somos capaces de autoconvencernos de que actuamos por principios, por respeto, porque somos “más civilizados” y, por tanto, debemos transigir.

¿Cuál es la realidad? Que renunciamos a derechos fundamentales, como la libertad de expresión, porque los supeditamos a la supervivencia. Ante un problema que nos supera (el terrorismo, por ejemplo), tenemos la necesidad de “hacer algo”. Como no podemos controlar lo que hacen los otros, actuamos sobre nuestra propia obra, sobre nuestras costumbres, para justificar(nos) de alguna forma que estamos poniendo de nuestra parte para solucionar el problema.

Lo que ocurre finalmente es que borramos la capacidad de mirar sin malicia. Escudriñamos nuestros actos y encontramos indicios delictivos en actos festivos, como los desfiles de moros y cristianos. Me ha encantado una frase de Juanjo: “Cuando llovía el último día, los cristianos no podían reconquistar el castillo y Mahoma se salvaba ante la algarabía de la mitad (mora del pueblo).” Pues claro, así de sencillo. La “adultez” nos mancha los ojos. La (auto)censura cierra la ventana al arte, a ese niño capaz de mirar con los ojos limpios y que ayuda enseñarnos (como comentaba Daniel A. Verdú en otro post) un “mundo regido por unas reglas más justas, mejores y más bellas que las que dominan nuestra gris cotidianeidad”.

# re: Arte, fiestas populares y censura

16/10/2006 11:18 por Daniel A. Verdú Schumann
Gracias a ambos, Juanjo y Ana, por vuestros comentarios.

Es muy interesante tener una opinión de primera mano, Juanjo, y creo que en esencial que la gente conozca también esa "versión alternativa" de la fiesta que cuentas para que quede claro hasta que punto la fiesta, lejos de ser una forma de humillación, es una ritualización altamente estetizada y sin duda adulterada (e incluso modificable según las circunstancias, por lo que dices) de hechos históricos.

Ana, tu interpretación de la autocensura me parece más que creíble. Sin embargo, también creo que en lo ocurrido últimamente en Europa hay mucho de ese imposible deseo infantil deseo de reconstruir lo roto o torcido dando marcha atrás en el tiempo, porque los niños sólo conciben el aquí y el ahora. El adulto debe conocer y sopesar el pasado para prever el futuro. Una mirada adulta habría tenido en cuenta el precio de ese acto autocensor, así como la lectura que del mismo hará la otra parte. La geopolítica mundial se rige por reglas completamente distintas -opuestas, de hecho- a las del Arte. Y sólo así puede y debe ser, porque el Arte cobra sentido como contraparte luminosa de nuestro oscuro mundo. En un mundo perfecto no existiría el Arte.

Daniel A. Verdú Schumann

# re: Arte, fiestas populares y censura

19/10/2006 9:55 por Daniel Mellén
Creo que el análisis sobre la función de la catarsis no es del todo correcto. Primeramente estudios de psicología social, no solo desmienten su función apaciguadora, sino que al contrario, se piensa que en ocasiones potencia la agresividad. Por lo tanto, la catarsis lo que puede hacer es reducir temporalmente la excitación ante una situación violenta, pero los sentimientos agresivos u hostiles no desaparecen de la mente del individuo y pueden aflorar en cualquier momento.
En el caso que aquí se nos presenta, la catarsis pretende ser planteada como una Eliminación de recuerdos que perturban la conciencia o el equilibrio nervioso. Sin embargo, más que conseguir esto se logra el efecto contrario, pues en una situación de aparente calma, se introducen en la mente del individuo aspectos cargados de cierta violencia simbólica.
Esto está muy relacionado con la parte en que se afirma que “las fiestas populares son mecanismos que cumplen con una función equivalente a escala social: actúan como válvulas de descompresión del descontento, la conflictividad..”. Esto es difícil de mantener en un mundo en el que gran parte de las fiestas populares han perdido su sentido original. Y con esto no quiero decir que sean prácticas inútiles o “fósiles culturales”, sino que su función ya no es la que era.
Primeramente habría que diferenciar entre aquellos fenómenos que puedan ser considerados como universales y aquellos que se circunscriben a un ámbito y unas peculiaridades históricas. Así por ejemplo no se puede equiparar el carnaval, con las fiestas populares de “moros y cristianos”. Para Batjin, el carnaval es una fiesta común en todas las sociedades. Lo define llamándolo como “El Proceso de la Ambivalencia”. En el se rompen los roles y los estatus y con ello logra una utilidad social al desarrollar un mecanismo de seguridad que permite la ruptura de las normas a través de una fiesta que luego vuelve a dejar todo en su sitio. En esta fiesta, si podemos vislumbrar la esencia pura de la catarsis según se entiende en el texto: depurar, sin pasar por el purgatorio.
Las fiestas populares de “moros y cristianos”, tienen una significación muy distinta. Estas rinden cuentas con un fenómeno histórico ante el que se posicionan. Así, mientras el simbolismo del carnaval se mantiene casi inalterado a lo largo del tiempo en los individuos por sus carácter universal, el de las otras fiestas pierden su sentido al alejarse del contexto original.
Dudo por lo tanto que una fiesta de moros y cristianos pueda ejercer la función de válvula de escape. Sin embargo, si es probable que tenga alguna otra función de carácter simbólico en el seno del grupo, función que al ser reprimida lleve a un malestar en el conjunto social, y pueda desembocar en una situación violenta.
Por lo tanto, no creo que la gente por reprimirse en la celebración de estas fiestas vaya a volver a tiempos de la reconquista como si de una necesidad natural se tratara o como si tuvieran constante hambre de sangre. Más bien se trata de un límite a sus libertades al ver atacados una práctica social que les une a un grupo y a la vez les separa de otros.
El “escenario” del que hablas es bastante más real de lo que parece, no se trata de un simulacro con el que se juega a liberar tensiones, es mucho más, una parte más de la vida social que si se elimina coactivamente puede resultar perjudicial.
Con ello, yo también me posiciono en contra de censurar este tipo de expresiones artísticas y culturales.
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