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jueves, 12 de octubre de 2006

Han proliferado en las últimas semanas los actos de censura y autocensura vinculados a diversas manifestaciones artísticas. El debate que comenzara hace unos meses con las caricaturas de Mahoma publicadas por un diario danés se ha ido alimentando con nuevos episodios, como las declaraciones del Papa Benedicto XVI o, más recientemente, la supresión en Viena de la ópera de Mozart Idomeneo, por el temor a que su puesta en escena, que incluía cabezas cortadas de Jesucristo, Buda y Alá, ofendiera a sectores del mundo islámico. La última serie de acontecimientos relacionados con este asunto se refiere a la supresión de determinados elementos de las fiestas populares de diversas localidades del Levante español que pudieran resultar ofensivos para los creyentes musulmanes, como el escarnio o la destrucción de muñecos que representan a Mahoma, y, más recientemente, el desfile por Nueva York de los “Cristianos” de Alcoy sin sus correspondientes “Moros”...

 

 


El asunto es, evidentemente, demasiado serio y complejo como para despacharlo aquí en unas cuantas líneas (aunque me atrevería a afirmar que ni siquiera el planteamiento del mismo por parte de las instituciones políticas europeas ha sido todo lo ejemplar que habría sido deseable y necesario), pero en este contexto quizá no sea superfluo recordar un par de “efectos secundarios”, en este caso beneficiosos, de las obras de arte y las fiestas populares.

 

Sabemos desde Aristóteles que la función principal de la tragedia es lograr la catarsis del espectador. Mediante la contemplación de la representación ficcional de sucesos trágicos y de la identificación con sus protagonistas el público logra sublimar instintos que, si se desataran de forma incontrolada en el ámbito de la realidad, tendrían nefastas consecuencias para el individuo. Nos liberamos de los dioses cortándoles la cabeza en una obra de teatro porque no podemos hacerlo en la vida real. Ello nos alivia y reconcilia con el mundo. Evidentemente, la catarsis es uno de los efectos fundamentales no sólo de la tragedia o del teatro, sino también de las obras de arte de cualquier otra índole.

 

Y sabemos por la antropología cultural que las fiestas populares son mecanismos que cumplen con una función equivalente a escala social: actúan como válvulas de descompresión del descontento, la conflictividad, la tensión, el aburrimiento o la alienación latentes en el seno de toda sociedad organizada jerárquicamente (de modo similar a como el juego y el deporte son nuestro modo de sublimar nuestro instinto guerrero). Desde las cultos dionisíacos hasta los carnavales, las fiestas populares son ritos paganos que nos reconcilian con nuestro entorno social, al suspender -o incluso subvertir abiertamente- durante unos días las rígidas leyes y estructuras que nos gobiernan. Quemamos o hacemos estallar un muñeco de un profeta -o de una bruja, un monstruo, un noble, un fuera de la ley o cualquier otro personaje, real o imaginario, que para el que festeja sea, o más bien fuera en su momento, una figura negativa- porque no podemos destruirlo en la realidad. Es una venganza pueril, pero hoy nos reconforta porque, por un momento, gozamos de un poder y una inmunidad de la que carecemos en el día a día al que volveremos mañana.

 

Por eso no es buena idea (auto)censurar las obras de arte o expurgar los festejos populares. Si se nos niega la posibilidad de sublimar nuestros instintos -altos o bajos- a través de actos simbólicos, absolutamente inocuos desde un punto de vista social, ¿quién nos garantiza que aquéllos no van a retomar su viejo cauce de expresión natural? Mejor sacarse los ojos sobre el escenario que fuera de ellos. Mejor jugar a "Moros y Cristianos" –aunque en el simulacro siempre pierdan los mismos- que volver a los tiempos en los que, ganara quien ganara, perdían todos, porque lo que estaba en juego era nada menos que la vida.

 

Daniel A. Verdú Schumann

 

PS: Un efecto secundario de esta polémica ha sido minimizar las que hasta ahora solían proliferar en torno al arte y su relación con los principios sagrados de nuestra sociedad (la religión, la patria y el dinero), y de las que también hemos tenido ejemplos recientes en el ámbito teatral (Ramírez de Haro, Bassi, Rubianes –no me resisto a remitirles a esta estupenda interpretación de lo ocurrido en este último caso-) por estos lares, aunque también por otros más lejanos (Peter Handke). Otro día volveremos sobre estas ya casi viejas polémicas, aunque den mucho menos juego porque, en última instancia, siempre se trata de un problema de dinero: ¿quién paga esta ronda de Cultura?

13:31 | gestionado por Daniel A. Verdú Schumann | Enviar comentario (4)