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lunes, 02 de octubre de 2006

Tras unos días de tira y afloja, Plutón ha sido definitivamente despedido del elenco de los planetas de Primera Categoría. La repercusión mediática que ha tenido lo que en principio debía ser una decisión meramente científica se debe, probable y fundamentalmente, a la persistencia en nuestras frágiles memorias de aquella sonora lista de nueve planetas del Sistema Solar que todos aprendimos en la escuela, y que evocaba mundos helados o hirvientes, tóxicos o habitables, pero siempre inalcanzables, y por ello irremediablemente misteriosos y atractivos. Quiero pensar, sin embargo, que había algo romántico en la simpática resistencia de algunos especialistas a eliminar a Plutón de dicho listado (así parece apuntarlo el hecho de que entre los llamados a emitir su opinión al respecto se encontrara algún profesor o historiador)...

 


Un romanticismo no derivado de la inercia intelectual ni del conservadurismo, sino más bien del deseo de no desvincular completamente la astronomía de esa área oscura de la psique humana en la que todavía reposa nuestra necesidad de conectarnos con el Cosmos a través de mitos irracionales. No estoy hablando, evidentemente, de equiparar astronomía y astrología, ciencia y superchería, sino de conservar cierto elemento arcaico, telúrico, mítico, humanístico, literario, artístico, en nuestra visión del Universo. Pura nostalgia, evidentemente. No es necesario decir que corren malos tiempos para la lírica, y que los románticos salieron del congreso con el rabo entre las piernas.

Plutón es el dios del Inframundo (es decir, de los Infiernos), cargo que recibió tras repartirse el mundo con sus hermanos Júpiter -que se se llevó la mejor parte, el Cielo- y Neptuno -que recibió los mares-. De modo que su expulsión del Top Nine (ahora Top Eight) del Sistema Solar es, de algún modo, su segunda renuncia forzosa al Reino de los Cielos. Los científicos han justificado su decisión con convincentes argumentos astronómicos, matemáticos y estadísticos. Sin embargo, los románticos nos negamos a creer que esta expulsión de nuestro panteón interplanetario precisamente del dios de los Infiernos sea tan sólo una fría cuestión de ciencia. En una época que rechaza todo lo que no es susceptible de ser comprobado empíricamente, que aspira a subsumir todo caos en logos, y que por consiguiente pretende desterrar (casi presume de haberlo logrado) a la muerte de la vida cotidiana, ¿realmente creen que es casual que sea el dios de los Infiernos el sacrificado?

La prueba definitiva de que la respuesta es negativa la encontramos cuando descubrimos qué consecuencias habría tenido decantarse por la otra opción. En este particular "Gran Hermano Cósmico", mantener a Plutón en la lista habría implicado ampliar la "infernal" familia para incluir a Ceres -diosa de la Agricultura y algo así como la suegra de Plutón, si alguien osara convertir la mitología griega en un árbol genealógico-, Caronte -el barquero que conducía a los muertos al Infierno a través de la laguna Estigia- y Eris -diosa del Caos, la latina Discordia-. Que este último planeta enano sea mucho más conocido por el nombre de Xena (personaje de una serie de TV) e incluso por su nomenclatura científica 2003 UB313 dice mucho de nuestra época.

¿Quién quiere más noticias del Infierno, pudiendo borrarlo de un plumazo? Lo dicho, malos tiempos para la lírica.

Daniel A. Verdú Schumann

"Plutón", de Agostino Carracci (1557-1602)

 

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