Imparto una clase sobre cine bélico. Les pongo ejemplos del cine clásico de Hollywood: su tratamiento idealizado -y por tanto mendaz- de la guerra, con esos soldados bravucones que hacen chistes en medio de los tiroteos y esas muertes de obra de teatro infantil (la cabeza y los brazos al cielo, el grito impostado, una vuelta y al suelo con cuidado).
Les recuerdo el impacto de la Guerra del Vietnam en la sociedad americana, los cambios en un público que ya no está dispuesto a considerar la guerra como meros ejercicios espirituales para que los jóvenes se hagan hombres y la virtud y el honor prevalezcan en el mundo. Les muestro un fragmento de Apocalypse Now. Marlos Brando dando una lección de Filosofía musitando "el Horror... el Horror...".
Finalmente, les muestro el horror: la indescriptible secuencia inicial del desembarco de Normandía de Salvar al soldado Ryan. No hay órdenes, no hay valor, no hay hombría, no hay honor: sólo muerte, caos y destrucción. El Horror. Les comento que para el preestreno de la película se invitó a veteranos de guerra supervivientes del desembarco; aquellos jóvenes, cuya valentía sólo se explica por su ignorancia de lo que les esperaba en las playas normandas, eran ahora ancianos con toda una vida -además de una guerra- a cuestas. Imposible saber qué esperaban. Sí sabemos, no obstante, cómo reaccionaron: muchos de ellos no aguantaron. Abandonaron la sala al poco de comenzar la secuencia del desembarco con lágrimas en los ojos. "Es demasiado real", decían, "es como volver a estar allí". "Sólo falta el olor", apostillaron varios.
Los alumnos callan, aparentemente impresionados. Quedo satisfecho: parece que han captado la idea, la diferencia no ya cuantitativa, sino cualitativa, que supone recrear el horror con semejante verismo, apropiándose, con magistral pericia narrativa, de las técnicas del documental. Cómo un cambio semejante en la recreación de un hecho concreto modifica radicalmente nuestra percepción del mismo, y por tanto nuestra actitud intelectual, emocional y moral hacia el mismo.
Al finalizar, una alumna se queda rezagada. La conozco de otra asignatura donde se había comentado la misma secuencia. Le comento que ella ya la había visto. "No", me dice, "aquel día me salí". "Ah", comento, un poco sorprendido. Y añade, con voz baja y entrecortada, como avergonzada o disculpándose: "Es que me pilló el 11-M en la Estación de Atocha".
Se me arruga el corazón. Apenas sé qué decir. Musito una disculpa, no sabía, lo siento. "No pasa nada", dice, "es algo personal. La otra vez estaba de bajón, no me veía con fuerzas. Hoy me he quedado, pero esta película me afecta mucho... Me recuerda todo aquello". Parece temblar. Yo no sé dónde meterme. Qué lección de entereza, aguantarme mientras pontifico académicamente sobre un horror que no conozco, y luego quedarse a sabiendas de que lo que va a ver le va a devolver al que ella sí vivió. Me habla de las secuelas, las operaciones, las pasadas y las que le quedan.
La conversación se desvía -la desvío- hacia lo obvio, lo fácil: el papel de los medios, la manifestación. Nos ponemos de acuerdo sobre la gratuidad del acto de emitir una y otra vez las imágenes más truculentas. Comenta que nadie se preocupó de contar lo que realmente les pasaba, lo que implicó para todos los que lo vivieron. "Probablemente eso no se puede contar", le digo. Es una frase hecha, pero en ese momento creo firmemente en lo que postula. Se puede contar el horror en abstracto, pero no se puede entender lo que implica para el que lo sufre. Ahora barrunto que ello puede tener que ver con la banalidad del mal que postulara Hannah Arendt, y por tanto su incomprensibilidad. Entonces no pude sino callar y volver al despacho con el alma encogida.
Adorno se preguntaba cómo hacer poesía después de Auschwitz. Tras este encuentro, no puedo sino desconfiar de las respuestas canónicas que nos hablan de la renovación del lenguaje: la poesía de Celan, el informalismo pictórico. Es evidente que la vida comprende el arte; pero el arte, en última instancia, no comprende la vida. En todos los sentidos de este bello verbo.
Daniel A. Verdú Schumann