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Una vez más, la realidad ridiculiza a la ficción

Enviado el viernes, 26 de mayo de 2006 14:59

Imparto una clase sobre cine bélico. Les pongo ejemplos del cine clásico de Hollywood: su tratamiento idealizado -y por tanto mendaz- de la guerra, con esos soldados bravucones que hacen chistes en medio de los tiroteos y esas muertes de obra de teatro infantil (la cabeza y los brazos al cielo, el grito impostado, una vuelta y al suelo con cuidado).

 

Les recuerdo el impacto de la Guerra del Vietnam en la sociedad americana, los cambios en un público que ya no está dispuesto a considerar la guerra como meros ejercicios espirituales para que los jóvenes se hagan hombres y la virtud y el honor prevalezcan en el mundo. Les muestro un fragmento de Apocalypse Now. Marlos Brando dando una lección de Filosofía musitando "el Horror... el Horror...".

Finalmente, les muestro el horror: la indescriptible secuencia inicial del desembarco de Normandía de Salvar al soldado Ryan. No hay órdenes, no hay valor, no hay hombría, no hay honor: sólo muerte, caos y destrucción. El Horror. Les comento que para el preestreno de la película se invitó a veteranos de guerra supervivientes del desembarco; aquellos jóvenes, cuya valentía sólo se explica por su ignorancia de lo que les esperaba en las playas normandas, eran ahora ancianos con toda una vida -además de una guerra- a cuestas. Imposible saber qué esperaban. Sí sabemos, no obstante, cómo reaccionaron: muchos de ellos no aguantaron. Abandonaron la sala al poco de comenzar la secuencia del desembarco con lágrimas en los ojos. "Es demasiado real", decían, "es como volver a estar allí". "Sólo falta el olor", apostillaron varios.

Los alumnos callan, aparentemente impresionados. Quedo satisfecho: parece que han captado la idea, la diferencia no ya cuantitativa, sino cualitativa, que supone recrear el horror con semejante verismo, apropiándose, con magistral pericia narrativa, de las técnicas del documental. Cómo un cambio semejante en la recreación de un hecho concreto modifica radicalmente nuestra percepción del mismo, y por tanto nuestra actitud intelectual, emocional y moral hacia el mismo.

Al finalizar, una alumna se queda rezagada. La conozco de otra asignatura donde se había comentado la misma secuencia. Le comento que ella ya la había visto. "No", me dice, "aquel día me salí". "Ah", comento, un poco sorprendido. Y añade, con voz baja y entrecortada, como avergonzada o disculpándose: "Es que me pilló el 11-M en la Estación de Atocha".

Se me arruga el corazón. Apenas sé qué decir. Musito una disculpa, no sabía, lo siento. "No pasa nada", dice, "es algo personal. La otra vez estaba de bajón, no me veía con fuerzas. Hoy me he quedado, pero esta película me afecta mucho... Me recuerda todo aquello". Parece temblar. Yo no sé dónde meterme. Qué lección de entereza, aguantarme mientras pontifico académicamente sobre un horror que no conozco, y luego quedarse a sabiendas de que lo que va a ver le va a devolver al que ella sí vivió. Me habla de las secuelas, las operaciones, las pasadas y las que le quedan.

La conversación se desvía -la desvío- hacia lo obvio, lo fácil: el papel de los medios, la manifestación. Nos ponemos de acuerdo sobre la gratuidad del acto de emitir una y otra vez las imágenes más truculentas. Comenta que nadie se preocupó de contar lo que realmente les pasaba, lo que implicó para todos los que lo vivieron. "Probablemente eso no se puede contar", le digo. Es una frase hecha, pero en ese momento creo firmemente en lo que postula. Se puede contar el horror en abstracto, pero no se puede entender lo que implica para el que lo sufre. Ahora barrunto que ello puede tener que ver con la banalidad del mal que postulara Hannah Arendt, y por tanto su incomprensibilidad. Entonces no pude sino callar y volver al despacho con el alma encogida.

Adorno se preguntaba cómo hacer poesía después de Auschwitz. Tras este encuentro, no puedo sino desconfiar de las respuestas canónicas que nos hablan de la renovación del lenguaje: la poesía de Celan, el informalismo pictórico. Es evidente que la vida comprende el arte; pero el arte, en última instancia, no comprende la vida. En todos los sentidos de este bello verbo.

Daniel A. Verdú Schumann


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Comentarios

# re: Una vez más, la realidad ridiculiza a la ficción

27/05/2006 22:28 por Merridew
Pero José Ángel Valente decía: "y después de Auschwitz, y después de Hiroshima, cómo no escribir". Pero claro, yo estoy en la misma situación, lo he visto todo por la televisión.

# re: Una vez más, la realidad ridiculiza a la ficción

29/05/2006 23:05 por Ana Marín
El arte es necesario. El arte <i>permite</i> mostrar, transmitir… hacer sentir. El arte abre los ojos o enseña al que los tiene abiertos, sin embargo, no deja de ser una ilusión. El mago puede ser muy bueno y hacer creíble el truco, pero cuando salimos del museo o comienzan los títulos de crédito somos conscientes del engaño. Hemos podido ver o aprender… pero cuando acaba la ilusión, nuestra vida vuelve.

Las experiencias simplemente son. Las experiencias <i>obligan</i> a sentir, “esclavizan” al que las vive, echan raíces. Juegan al revés que las artes. Al principio, incluso pueden parecer mentira, un sueño, un error… un “no puede ser cierto”. Mientras se esperan unos títulos de crédito que no llegan, la vivencia se queda dentro de uno y se extiende hasta que llega a todas partes: los pensamientos, los sueños, las ilusiones y desilusiones, los miedos... la forma de ser. Eso implica, por ejemplo, que dejas de coger un tren, o que no soportas el olor de tus empastes, o que no quieres encontrarte por nada del mundo con una vecina que perdió a su hija en el mismo campo de batalla en el que tú sobreviste.

No sólo es que no llegue el final del espectáculo, sino que, además, forma parte de ti y, por ello, condiciona tus actos, tus pensamientos y tus sentimientos. Cambia tu visión del mundo, sonríes o lloras por cosas que antes te dejaban indiferente. En definitiva, entra en tu vida por obligación, se queda y modifica todo, consciente y, sobre todo, inconscientemente.

"Probablemente eso no se puede contar" decía Daniel A. Verdú en su post. Probablemente. No se pueden arrancar las raíces para mostrarlas porque, aunque se pudieran enseñar, no entenderíamos hasta dónde alcanzaron y cómo movieron la tierra.

# re: Una vez más, la realidad ridiculiza a la ficción

12/10/2006 1:05 por Daniel Mellén
NO, LA FICCIÓN SUPERA NUESTRA REALIDAD.

La realidad, es que la realidad solo lo es para el que la vive. Todos alguna vez nos planteamos esa sensación de monopolio de la realidad, cuando a pesar de intentarlo solo podemos sintonizar un único canal: nuestra realidad, lo que tenemos delante pero no lo que está detrás, al otro lado, o aún más allá.

El arte es una realidad, en primera instancia para su creador. Este la diseña según su propia sintonía y esta pocas veces es alcanzada por otros receptores mentales. El resto sintoniza a su manera, conforme a su realidad, sus paredes y su historia.

Sin duda me parece así. Yo también estuve en una clase en que esa escena del Soldado Ryan se puso. A mi no me sobrecogió aquello, no me impresionó. No soy entendido en pericia narrativa, pero creo que en algunos casos ni ese entendimiento sirve para descifrar el arte. Por encima de eso está esa, “mi realidad”. Quizás aquel desembarco cayera muy lejos de mi mundo, un mundo en el que la guerra más cercana solo está en los ojos de mis abuelos. Un mundo en el que la guerra no es real, solo un posicionamiento de tintes políticos ante el cual manifestarme.

Así, es mi vida la que no comprende el arte, la que me lo tapa. En cambio el arte si entiende las vidas, siendo capaz de moldearse a estas y de decirlas lo que quieran escuchar. La ficción por tanto nos supera y constantemente nos espera.

# re: Una vez más, la realidad ridiculiza a la ficción

16/10/2006 10:57 por Daniel A. Verdú Schumann
Hablamos, evidente, de diferentes significados de "superar". Creo, Daniel, que tienes razón en parte de lo que dices; pero no puedo compartir la conclusión a la que llegas. Nuestra experiencia moldea efectivamente nuestra sensibilidad, pero no tanto como para que la realidad de las obras de arte "pocas veces [sea] alcanzada por otros receptores mentales". Es una cuestión de grado, pero fundamental para explicar por qué hoy seguimos siendo capaces de emocionarnos con obras elaboradas por sujetos cuya "Weltanschauung" era radicalmente distinta a la nuestra: el techo de Altamira, un paisaje japonés del siglo XVII, una máscara africana o un capitel románico. ¿Te consideras emocional y estéticamentemente "inmune" a todo eso?

Daniel A. Verdú Schumann

# re: Una vez más, la realidad ridiculiza a la ficción

22/10/2006 23:18 por Ana Marín
Me da un miedo atroz la palabra "inmune", sobre todo referida a las emociones. Escribía Daniel Mellén: "A mi no me sobrecogió aquello, no me impresionó. No soy entendido en pericia narrativa, pero creo que en algunos casos ni ese entendimiento sirve para descifrar el arte."

Más que la inmunidad al arte, me preocupa la inmunidad a la violencia. La primera media hora de la película "Salvar al soldado Ryan" es de un realismo absolutamente sobrecogedor. Aunque no estamos ante una secuencia real, Spielberg logra crear un ambiente tan aterrador que realmente me preocupa que alguien diga que esas imágenes no le impresionan. Me apena que consideres que "la guerra no es real, solo un posicionamiento de tintes políticos ante el cual manifestarme". ¿Tan normal nos parece la violencia? ¿Tan lejana a nuestro mundo?

Si bien es cierto que para mí, por mis cirunstancias (como también dice Daniel Mellén "El resto sintoniza a su manera, conforme a su realidad, sus paredes y su historia"), ahora esa secuencia es especialmente difícil, cuando se estrenó la película (en aquel momento mis circunstancias no eran las mismas) recuerdo que me encogí en el asiento del cine hasta hacerme un ovillo y que miraba la pantalla de reojo. Sentí verdadero terror. No había vivido una guerra, pero aquella secuencia me acercaba de alguna manera a esa realidad y desde un punto de vista distinto al de la historia o al de la prensa. Me mostraba algo que tenía mucho más que ver con sensaciones, con sentimientos, con emociones que, aunque no había vivido, era capaz de entender y empatizar. Al menos, en parte.

Me sorprende tu interpretación del arte, Daniel, como algo que el artista "diseña según su propia sintonía y esta pocas veces es alcanzada por otros receptores mentales" porque para mí es prácticamente lo contrario. Una creación personal (algo increíblemente privado) permite al público que lo disfruta acercarse a experiencias o a emociones que no ha vivido a través de la mirada de otro. Esta capacidad de hacernos llegar matices que otras disciplinas no pueden es para mí uno de las funciones fundamentales del arte y, sin duda, la más fascinante.
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