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martes, 07 de febrero de 2006

Vuelve por febrero, como todos los años, ARCO. Que una feria se haya convertido en el acontecimiento artístico anual dice muy poco del mundo del arte español (y también de su mercado, que se concentra casi exclusivamente en los cuatro días que dura el "evento", con la consiguiente anemia el resto del año), pero probablemente no pueda ser ya de otra forma. Por otro lado, por una vez que el gran público se atreve a acercarse al arte contemporáneo -aunque sea para no dar crédito-, no es cuestión de quejarse...


Lo cual me recuerda el cruce de artículos que, sobre el asunto de la mercantilización de la cultura, han cruzado Javier Marías y Andrés Trapiello en las páginas de "El País". Para el que no haya seguido la polémica (que probablemente continúe: ninguno de los dos implicados suele arredrarse en este tipo de contiendas, y no es la primera que sostienen entre sí), ésta comenzó con un artículo de Marías en "El País Semanal" en el que abominaba de los centenarios, conmemoraciones y demás celebraciones desmesuradas con las que instituciones oficiales y medios de comunicación acostumbran a bombardear al público. Con el pasado IV Centenario de la publicación de la primera parte de "El Quijote" y el actual 250º aniversario del nacimiento de Mozart como ejemplos, Marías señalaba que dichos acontecimientos tienden a saturar al receptor, despertando antes su hartazgo que su interés. Trapiello recogía el guante que Marías le lanzara -en forma de velada alusión a su persona- con un artículo de sonoro y literario título, "Quita tus sucias manos de mi Mozart" (no lo he localizado en la web "en abierto"). En él venía a decir que bienvenida sea la comercialización y vulgarización de la cultura si con ello se logra acercarla a los habitualmente alérgicos a la literatura, la música o el arte: '"Huir del consumo únicamente cuando el consumo, por una vez, nos acerca a lo excelente, es muy raro, y desde luego, en mi modesta opinión, de "inevitablemente idiotas"'. Más allá de las invectivas cruzadas -cansina e inevitablemente personales, como siempre que surge una polémica en este país, en casi cualquier ámbito-, la disputa refleja a la perfección el dilema al que se enfrenta, desde hace varias décadas, el mundo de la cultura occidental. ¿Hasta qué punto es realmente deseable la "vulgarización" de una obra? ¿Banaliza el consumo masivo? ¿Una respuesta afirmativa implica necesariamente una visión elitista y antidemocrática? Lo cual nos lleva a otras cuestiones, no menos polémicas: ¿debe la cultura batirse sin ayudas -como defiende Vargas Llosa- en el campo de batalla del mercado, o debe existir -como sostiene el "mundo del cine español"- la llamada "excepción cultural"? En caso contrario, ¿es la subvención la vía "natural" de pervivencia de determinadas prácticas culturales? Demasiadas preguntas, y demasiado complejas, como para buscarles solución en estas líneas, al menos todas a la vez. En el caso concreto de ARCO, y visto el abismo que separa al gran público de las prácticas artísticas contemporáneas, creo que el acercamiento a las obras -aunque sea para reírse, escandalizarse, enojarse o simplemente pasar el rato- es ya un primer paso. Ello implica, además, desacralizar algo que a muchos les asusta, intimida o culpabiliza -porque no lo entienden-. Será conformarse con poco, pero a estas alturas del partido, ¿quién está para utopías, aunque sean pedagógicas?

La idea clave, en mi opinión, es que la banalización no se mide en términos cuantitativos, sino cualitativos. Se banaliza la pintura de "El Greco" cuando se afirma, como se hace en la promoción de una enciclopedia de arte que vende un periódico -en un pésimo ejemplo, por cierto, de "la rigurosa ciencia al rescate del caótico arte"-, que pintaba así porque "tenía un defecto en la vista" (lo cual puede ser cierto, pero es irrelevante para "explicar" el valor de su obra), o la de Malévitch cuando en un anuncio de Coca-Cola se pide un aplauso para el "listo" que se atreve a decir de una pintura que "es un cuadrado negro, y nada más" (y nada menos...). Como señala Trapiello, la experiencia estética (artística, literaria, musical) es personal e intransferible. Ella es, en última instancia, la que determina nuestro "consumo cultural", porque comprar un libro no es leerlo. Feliz consumo.

Daniel A. Verdú Schumann

14:38 | gestionado por Daniel A. Verdú Schumann | Enviar comentario (3)