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Sobre el arte, la ciencia, la belleza y la verdad.

Enviado el miércoles, 25 de enero de 2006 13:53

Leo el comentario "La belleza de la ciencia", de A. Ruiz de Elvira, en su weblog "Medio Ambiente y Ciencia". Comparto su enfoque sobre la necesidad de transmitir al alumno (o a cualquier persona interesada por los asuntos científicos) cuál es el fin último de la Ciencia, esa "búsqueda de armonía en un mundo que aparece caótico". De ese modo, afirma el autor, el interesado será capaz de poner en relación su situación personal con las respuestas que la Ciencia ofrece sobre el mundo que nos rodea. La Ciencia cumpliría así -si no he entendido mal- una función balsámica para el individuo, y por tanto adquiriría pleno sentido hablar de "la función social" de la misma, más allá de sus usos prácticos.

Este planteamiento se acerca bastante a lo que yo proponía, con otra palabras, en mi comentario "La función del Arte". El Arte y la Ciencia tratan de dar respuestas a nuestra desorientación ante el mundo. A. Ruiz de Elvira echa de menos en mi propuesta más debate sobre cómo ambas instancias abordan ese problema. Apunto aquí una idea que creo puede ser esclarecedora.

De entrada, la relación del Arte con la belleza y la armonía es bastante más complicada de la que él afirma que existe entre la Ciencia y las dos últimas categorías. La belleza, y la armonía como una de sus formas esenciales, fueron uno de los vehículos privilegiados del Arte. Sin embargo, desde el siglo XVIII han ido surgiendo otras categorías estéticas que resultaban igualmente adecuadas (sino más) para cumplir el cometido "salvífico" del Arte: lo sublime, lo pintoresco, lo siniestro, lo grotesco, lo abyecto... Incluso la fealdad pasó a ser utilizada por los artistas como un modo de hacer aprehensible, y por tanto un poco más habitable, nuestro mundo. Para dar cuenta de los horrores de la guerra no basta la belleza, y por eso -por poner un ejemplo muy conocido- el Guernica es un cuadro ostentosamente feo. En fin: la sabida máxima adorniana de "cómo hacer poesía después de Auschwitz". Que, como el propio A. Ruiz de Elvira señala, el arte hoy sea defina como "todo aquello que la gente compra como arte" (lo cual es una versión simplificada pero bastante acertada de lo que se conoce como "Teoría institucional del Arte", formulada inicialmente por George Dickie y retomada por Arthur Danto), es una de las múltiples consecuencias -aunque, evidentemente, no la más importante- de ese cambio de registro. El Arte sigue queriendo hacernos más llevadero nuestro paso por este mundo, pero para ello necesariamente tiene que sacar a la luz lo más doloroso, lo más inhumano de nuestra humana condición; como debe abrirse una herida infectada para drenarla, limpiarla y salvar la vida del enfermo.

Creo que gran parte del gran público no comprende esta maniobra del Arte, y no siempre se les puede culpar por ello. Siguiendo con la burda metáfora, han visto a tantos charlatanes hacerse pasar por médicos que es más fácil recelar  de sus conocimientos que tener fe en sus remedios. Y de fe se trata, en última instancia, cuando hablamos del sentido último del Arte. Y así llegamos, en mi opinión, a la diferencia esencial entre el Arte y la Ciencia en lo que se refiere a este asunto. El Arte requiere siempre, para probar su razón de ser, de un contemplador que se sienta concernido, que "demuestre" la eficacia lenitiva de la propuesta del artista. La verdad del Arte sólo queda demostrada por la fe del espectador. Por el contrario, la verdad de la Ciencia se demuestra por leyes propias, internas, inherentes al propio sistema. Teorías que casi todos consideran inverosímiles pasan a ser verdades si son probadas por el método científico. Soy lego en cuestiones de Ciencia (de lo cual no me enorgullezco), pero tengo entendido que algo así ocurrió con el descubrimiento de la tabla periódicoa de Mendeleyev, o con algunas implicaciones de la Teoría de la Relatividad de Einstein que ni él mismo pudo o quiso creer ciertas. No hay método científico aplicable al Arte. Su verdad no está fuera, sino dentro de nosotros.

Hoy en día, las apelaciones al orden, la belleza o la armonía en el Arte están mal vistas. Están presentes como ausencia, como el reverso anhelado del horror que el Arte se encarga de hacer patente a nuestros sentidos. Celebro que la Ciencia siga siendo capaz de apelar a esas categorías como reclamo para el alumno u oyente. Pero, a menos que se dé un cambio de paradigma en este sentido, el camino hacia el orden y la armonía en el ámbito del Arte seguirá siendo tortuoso, y el peaje que el espectador de una obra artística tendrá que pagar por llegar a su destino continuará siendo el "sufrimiento" de la contemplación del horror, el absurdo, lo siniestro o la fealdad.

Daniel A. Verdú Schumann


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