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domingo, 12 de junio de 2005

Es evidente, como recuerda un comentarista, que la universidad -y especiamente la universidad pública- no tiene sentido si no cumple una función social. Desde esta perspectiva, no parece reprochable que su oferta de carreras y plazas esté en relación con las demandas del mercado laboral. Nada que objetar, por tanto, en este sentido. Sin embargo, además de esta labor "coyuntural", ligada al presente más inmediato, la institución universitaria debe cumplir, al menos, dos misiones más.

La primera es "la preservación de los saberes", fórmula anticuada con la que se enuncia el compromiso que la universidad tiene con su propia tradición. Desde sus orígenes medievales, uno de los fines de esta institución es permitir que determinados conocimientos, especialmente quizá aquellos a priori poco útiles en la vida cotidiana, se transmitan, siquiera a través de unos pocos individuos, de generación en generación. Esta mirada al pasado no es una mera muestra de respeto o un resabio nostálgico. Y aunque es evidente que así se asegura la pervivencia de saberes que, de otro modo, estarían condenados a la extinción, no se trata tampoco de que la universidad sirva de "almacén de conocimientos obsoletos", sino de que el estudio actualizado de los mismos permita ampliar nuestro conocimiento -actual, vivo, palpitante- sobre nosotros mismos y nuestro entorno. Esto resulta enriquecedor per se, y en este sentido no creo que nadie se atreva a cuestionar que una de las funciones de esta institución debe ser la de generar conocimiento, al margen del carácter más o menos práctico del mismo. En cualquier caso, conviene recordar que cuanto más rápido gira el mundo, antes vuelve sobre sus pasos, lo que puede volver imprescindibles de la noche a la mañana los saberes más insospechados. Pocos arabistas, por poner un ejemplo tosco pero reciente, imaginaron probablemente hace una década que serían tan demandados tan sólo unos años más tarde como analistas, exégetas, expertos, traductores, etc. 

La segunda misión que debe cumplir la universidad es la de innovar. Innovar en todos los ámbitos: el de I+D, por supuesto, pero también en otros más abstractos. La universidad debe abrir nuevas perspectivas ante los hechos consumados, inventar fórmulas que permitan repensar nuestra sociedad y anticiparse así a lo que habrá de venir. Este mirar hacia el futuro en lugar de limitarse a parchear el presente requiere dosis considerables de imaginación (una facultad que, todo sea dicho, el funcionamiento actual de esta institución no tiende, en líneas generales, a estimular). Generar modelos sociales que permitan explicar lo que sólo ahora comienza a vislumbrarse, o proponer soluciones a problemas científicos con los que tarde o temprano tendremos que enfrentarnos, por poner sólo dos ejemplos de ámbitos de conocimiento distintos, son algunos de estos retos; quizá aquellos que la universidad está más acostumbrada a tratar. Pero el mismo razonamiento es aplicable también al mercado laboral. Esta institución ancestral no debe -no puede, si quiere seguir teniendo una razón de ser- limitarse a satisfacer las demandas del mercado laboral: debe adelantarse a ellas, preverlas, incluso configurar ocupaciones o estructuras laborales que satisfagan a un tiempo las necesidades del mercado y de la sociedad antes de que aquéllas se hagan patentes en forma de carencia. En mayor grado que otros actores e instituciones sociales, y por supuesto que el insoslayable mercado, la universidad tiene el deber de ir dos pasos por delante de la propia sociedad para poder ejercer de motor de cambio y mejora de la misma.

Como Jano, la universidad debe por tanto mirar a la vez al pasado y al futuro, además de al siempre apremiante presente, si quiere mantener sus posibilidades como instrumento de progreso social.

El problema reside en que las letras se han asociado tradicionalmente con la primera de estas tareas, la preservación de los saberes; mientras que las ciencias se han aliado, de forma quizá falsamente natural, con la segunda, la innovación. Así las cosas, en una época poco dada a los matices, parece difícil luchar contra la idea de que estudiar filología es poco menos que desempolvar libros viejos, mientras que matricularse en ingeniería es una apuesta de futuro.

No hace falta decir que esta segregación es, amén de burda, falsa; pero parece obvio que es la que subyace en la mentalidad de los que pretenden arrumbar las humanidades (y, de paso, convertir la cultura en algo privado, en los dos sentidos de la palabra: lo que uno hace en su tiempo libre y se paga de su bolsillo). Las letras quedan así asociadas a la "cultura" (peor aún, "cultura general"), concepto que a los ojos de una sociedad cada vez más utilitarista ha perdido a pasos agigantados su en tiempos amplio prestigio para convertirse, primero, en un simple barniz, que al menos confería al que lo poseía de un cierto aura de respetabilidad y valía; luego, en una especie de afición indiferente, como demuestra su cada vez más habitual asociación con el ocio ("ocio y cultura"); y quién sabe si llegará el día -se vislumbran algunos síntomas- de que interesarse por la cultura en nuestras sociedades occidentales se convierta en motivo de sospecha u oprobio (ya lo es de burla en no pocos ambientes, de los cuales no se hallan ausentes, significativamente, ni el escolar ni el universitario). Ni que decir tiene que esta identificación también hace mucho daño a la ciencia, contrapuesta absurdamente a la "cultura".

Hasta que no se destierre esta perspectiva sobre las letras, hasta que no nos convenzamos de que la formación humanística es esencial para formar individuos capaces de satisfacer la creciente demanda de la sociedad (y el mercado) de trabajadores con agilidad mental, flexibilidad conceptual, capacidad analítica, imaginación y dotes organizativas, la batalla estará perdida. Hay que convencerse de que estudiar filología no es (sólo) desempolvar libros del pasado, sino que puede ser también una vía para, como el ingeniero, tender puentes de toda índole en el futuro. Pero ello, a su vez, exige cambios profundos en el funcionamiento actual de la universidad.

(continuará)


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