Para muchos, el título de este blog -Almas Artificiales- podría ser blasfemo si fuera tomado literalmente. Ellos preferirán entender que se trata de una metáfora de la querencia de la inteligencia artificial hacia lo humano. Este el el caso de los investigadores en inteligencia artificial y robótica que se consideran religiosos.
En cierta medida, la inteligencia artificial en su máxima ambición ataca algunas de las bases fundamentales del pensamiento religioso occidental. Y aunque se pueda pensar en la compatibilización ciencia-religión en base al manido argumento de que ocupan diferentes dominios del discurso, la realidad tangible del conocimiento humano es la tendencia a la unicidad ("consilience" lo llamaba Wilson). En este sentido, el argumento religioso se convertirá en una traba moral para la investigación en inteligencia artificial, en línea divergente con los argumentos de Metzinger sobre la ética de crear máquinas que puedan sentir dolor.
Algunos podrían pensar que este es un debate en la Dawkiniana linea de ciencia vs. dios. No lo es. El asunto que nos ocupa es religion vs. nosotros. Porque la religión y sus asociados -dios, astrología, moral, ciencia new age, etc- están en directa oposición con lo que verdaderamente nos caracteriza en lo mental: sistemas pensantes basados en la evidencia.
Simplemente hemos de considerar las enormes posibilidades que la ciencia real ofrece-vease el video de Feynman en YouTube- dadas sus capacidades analíticas y predictivas. No hay necesidad de dioses salvo para aquellos incapaces de valorar y explotar la enorme cantidad de conocimiento que la ciencia produce.
No es necesario comprender las ecuaciones de campo de Einstein para poder ser consciente del impacto que la teoría de la reliatividad general puede tener en nuestra comprensión del universo y -posiblemente- en nuestra capacidad de modificarlo. O pensemos en la potencialidad de la investigacion en células madre para mejorar nuestra salud y calidad de vida.
La justificación de que la religión nos conforta suena similar al confort que nos dá el alcohol. Aunque suene a marxismo este hecho es pura ciencia: ambos parecen funcionar pero te matan las neuronas.