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lunes, 02 de junio de 2008

Programas de incorporación de investigadores a nuestro sistema de ciencia y tecnología como el Juan de la Cierva (http://www.micinn.es/planidi/juandelacierva/) o el Ramón y Cajal (http://www.micinn.es/planidi/ramonycajal/) han sido sin duda beneficiosos para la ciencia en nuestro país. Pero también han servido para poner en evidencia ciertas carencias de nuestro sistema.
Estos programas permitieron la incorporación de investigadores a grupos y/o departamentos por una vía distinta a la que había sido habitual en muchos centros, para la cual, quizás, nuestro sistema no estaba preparado. Esto se puede apreciar con el siguiente ejemplo. Supongamos que un grupo de investigación multidisciplinar establecido en las dependencias de un departamento de Anatomía de una universidad decide incorporar a un biólogo molecular, dentro de cualquiera de los dos programas de contratación mencionados anteriormente, para cubrir un aspecto concreto de sus investigaciones. Un Ramón y Cajal, por ejemplo, podría incorporarse de esa forma sin ningún inconveniente. El problema surgiría al incluir a ese investigador en un área de conocimiento, que en este ejemplo sería la de Anatomía. La posible futura estabilización de ese investigador pasaría, con el actual sistema, por la convocatoria de una plaza de profesor, irremediablemente ligada al área de conocimiento del departamento y juzgada por expertos en ese área. Las posibilidades de continuidad o de estabilización de ese investigador quedarían así seriamente mermadas o incluso anuladas. Esta situación sería claramente perjudicial tanto para el investigador como para el propio grupo de investigación.
La aceptación, y la actuación en consecuencia, por parte de los gestores de la ciencia en ámbitos nacionales, autonómicos y locales, del hecho de que el futuro de la investigación científica y tecnológica está en la integración de diversas disciplinas, debería dar lugar a un serio replanteamiento de esas barreras clásicamente conocidas como "áreas de conocimiento". Si bien éstas podrían estar justificadas, en algunos casos, desde un aspecto meramente docente, suponen serias trabas a la investigación, sobre todo en lo relativo a la integración estable de investigadores expertos en campos concretos en grupos multidisciplinares.
Otro gran problema en nuestros centros de investigación, quizás más evidente en las universidades por su organización en departamentos, es el espacio. Si bien este problema puede afectar a personal principalmente docente, por falta de espacio para despachos, la situación es mucho más sangrante en la vertiente investigadora. Resulta curioso, y desde algunos puntos de vista, inexplicable, que en un mismo centro se encuentren departamentos con grupos de investigación altamente productivos y bien financiados que no pueden crecer por falta de espacio físico, mientras en otros departamentos el espacio está claramente infrautilizado y puede incluso no haber grupos de investigación en los mismos. La solución a este problema ya no se encuentra solamente en la, a veces, justificable falta de financiación para la construcción de nuevos edificios o la ampliación de los ya existentes, sino en una mejor gestión de los recursos ya disponibles.

José Carrodeguas, socio de la AACTE

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