Ante la actual avalancha de centros de excelencia en cada pueblo, debemos exigir a sus responsables la excelencia prometida. Pero es muy improbable que consigamos a la vez el número y la excelencia.
En este tiempo de impulso a la investigación, promovido por una conjunción astral de crisis del ladrillo y gobierno interesado por el tema, creo que es prudente sopesar una tendencia que ya nos ha dado malos resultados en el pasado.
Me refiero a nuestra excepcional tradición de "una universidad en mi pueblo", sin cambiar nada más. Es interesante estimar el éxito que ha tenido dicha proliferación pasada. Si bien tenemos ahora muchas universidades, en el panorama internacional dichas universidades no cuentan para nada[1,2]. Siguen contando, pues, las que contaban. Con un detalle añadido: si bien cabía la esperanza de que las nuevas universidades supusiesen una bocanada de aire fresco en cuanto a funcionamiento (modos de impartir docencia, consideración de la investigación, contratación moderna), el resultado ha sido cuando menos decepcionante. Quizá por que el entorno, quizá por la normativa con nuestro maravilloso sistema de gestión asamblearia de la universidad, o quizá porque sus integrantes han aprendido modos y maneras en las universidades preexistentes, el resultado es que estas nuevas universidades no difieren en lo substancial de sus hermanas más antiguas.
Y resulta curioso que ni siquiera queramos aprender de lo que ha funcionado en el pasado. Una de las universidades que me es más familiar está consistentemente en el primer puesto de las españolas: la Universidad Autónoma de Madrid. Antes de escuchar la complaciente alabanza de sus
integrantes, hay que destacar que ese primer puesto es a nivel internacional un puesto prácticamente irrelevante, cabeza del ratón o cola de león según el optimismo de cada uno. Y sin embargo si nos vamos a la historia de dicha universidad[3] las razones de su actual situación de alto nivel relativo están enraizadas en su fundación: se encomendó en varias areas a reconocidos expertos que escogiesen al personal correspondiente, y esas personas pusieron todo su prestigio en el candelero (nada de estar "de paso") y en contratación, nada de funcionarios, contratos otorgados por méritos. Como es posible que no pudiese ser de otro modo, el sistema volvió con el tiempo al modo de funcionar de su entorno, pero con la ventaja de una inyección de personal que hubiese sido imposible de obtener por otros medios. Lamentablemente, desde entonces, parece haberse dormido en sus laureles, y su modo de funcionamiento es indistinguible del resto de universidades españolas.
Pues bien, desde muchos puntos de vista, la actual proliferación de centros de excelencia en todo nuestro país recuerda la profileración pasada de universidades, tal setas tras la lluvia. Y mucho me temo, que dada la ausencia actual de cultura de evaluación (mi optimismo me permite imaginar que esto cambie en el futuro), veo que podemos tirar grandes cantidades de dinero que grandes (o pequeños) capos de nuestra investigación demasiado feudal van a derrochar para conseguir hacer lo mismo que hacían antes. Por supuesto, la única manera de hacer funcionar un centro de
excelencia es contratar a un gestor con una excepcional visión de futuro y darle la responsabilidad y los medios para crear dicho centro. Pero la evaluación tras los cinco años (por ejemplo) debería ser de un nivel de exigencia en proporción a los medios que se han dado.
Me acuerdo de una discusión en EE.UU. entre el responsable de un departamento y sus investigadores. El responsable comentó que el se ocuparía de que los investigadores tuviesen el dinero necesario, sin preguntas. Pero a cambio, tenían que tener portadas de Science y Nature. Tengo que decir que unos años después dicho departamento tenía 7 o 8 artículos publicados en dichas revistas (aunque no portadas), así que el resultado fue positivo. No espero menos de nuestros centros de excelencia. Pero, ¿esperan ellos lo mismo?
[1]
Academic ranking of world universities,
[2]
Times higher supplement University ranking[3] "CINCEL, MARTILLO Y PIEDRA HISTORIA DE CIENCIA EN ESPAÑA", de J.L. Sanchez-Ron
Juan de la Figuera
vicepresidente de la
Asociación para el Avance de la Ciencia y la Tecnología en España