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jueves, 15 de octubre de 2009




La invitación prometía una mirada de "insider" a la National Geographic Society: John Francis, vicepresidente de investigación, conservación y exploración de la famosa sociedad dedicada a la exploración y conservación, iba a hablar de su trabajo como científico, cinematógrafo y conservacionista, y sobre cómo National Geographic inspira al público a nivel internacional.




Foto: Joshua Davis Photography


María José Viñas


"National Geographic es incomprendida por la sociedad: somos mucho más que una revista o un canal de televisión", declaró Francis ante una audiencia compuesta mayoritariamente por estudiantes de comunicación audiovisual.

Francis, licenciado en biología de animales salvajes, empezó abriendo boca con unas imágenes de su última expedición a las islas Juan Fernández, en el Pacífico Sur. Allá, un equipo de National Geographic instaló "critter cams"  (pequeñas cámaras que los investigadores hacen llevar a animales salvajes para observar cómo se comportan en su ambiente natural) en unas aterrorizadas focas. A continuación, el vídeo mostró el material grabado por la cámara de la foca mientras el animal nadaba en el Pacífico a velocidad vertiginosa, evitando obstáculos por milímetros y dando giros de 360 grados sin dejar de avanzar.

"Es como estar en una montaña rusa, ¿verdad?", comentó Francis. "Este proyecto realmente da acceso al océano al público, ahora que pueden verlo a través de los ojos de uno de sus habitantes".
 
Sin embargo, Francis destacó que la función más importante de National Geographic son sus becas de exploración: desde 1890 (dos años tras su creación), la sociedad ha otorgado unas 9.000 ayudas a proyectos científicos y culturales. Estas iniciativas van desde establecer cómo se distribuyeron nuestros antepasados sobre la faz de la Tierra a través de estudios genéticos (Proyecto Genográfico) hasta una iniciativa conjunta con el Servicio de Parques Naturales de Estados Unidos, que una vez al año invita a grupos de escolares y sus familias a catalogar las especies existentes en algún parque cercano a su comunidad, para así motivar su interés por la biodiversidad que nos rodea (Bioblitz). Una nueva capa de Google Earth muestra miles de los proyectos patrocinados según su localización geográfica, prácticamente cubriendo el planeta con pequeños rectángulos amarillos (el conocido logo de la sociedad).

Al salir de la charla, le pregunté a mi acompañante qué le había parecido la presentación. "Bueno, básicamente ha reforzado mi idea de que National Geographic es una compañía de medios de comunicación con un componente altruista", me contestó. "Son realmente posesivos con sus productos, mientras que la gente que trabaja en investigación científica o en educación están más interesados en difundir los frutos de su trabajo que en sacar provecho de ellos".

"Pero eso sí: sus productos son de lo mejor que hay. Sus audiovisuales te cortan el hipo".  Y yo, todavía impresionadísima con las imágenes de la "critter cam" y con las fotos que acompañan el reportaje sobre los bosques de Sequoia sempervivens, no pude más que asentir.

17:49 | gestionado por Xavier Pujol Gebellí | Enviar comentario (0)

viernes, 02 de octubre de 2009


Serían las diez de la noche cuando dos destacados científicos españoles doblaron la esquina en dirección a un céntrico restaurante de Oviedo. Andaban a paso rápido. Cuando me los crucé, justo en la entrada, proclamaron: "Hay que hacer algo". Cuatro horas más tarde, sobre las dos de la madrugada, salían con un documento manuscrito con un montón de firmas ilustres. Era un manifiesto. Hablaba de presupuestos.


Foto: waɪ.ti

Xavier Pujol Gebellí


Algunos periodistas tenemos sensaciones especiales, intuiciones. En la tarde del 24 de setiembre había tenido ocasión de departir, con un refresco en la mano, con dos científicos de innegable peso en España: Margarita Salas y Jesús Ávila, ambos del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa. Salas, como siempre elegante y comedida, apuntaba: "Estamos preocupados". Ávila, tras mostrar su entusiasmo por las innovadoras células IPS (células madre pluripotentes inducidas), de las que tanto se espera en tantos campos, abundó: "Estamos muy preocupados".

No era para menos: los primeros borradores de los próximos Presupuestos Generales del Estado, filtrados desde el ministerio de Elena Salgado, anunciaban caídas de entre el 16% y el 37% del dinero destinado a investigación. Las cifras, luego matizadas en forma de restricción sobre el gasto corriente y nuevas contrataciones de personal e infraestructuras, sentaron como un jarro de agua fría sobre las atribuladas cabezas de la comunidad científica.

Razones había de sobras. Si se confirman los datos, muchos de los proyectos puestos en marcha van a sufrir un recorte de tal magnitud que dos o tres años de trabajo se van a venir al traste. Algunos investigadores han contado a este periodista que van a tener el dinero justo para mantener a un par de investigadores que se van a ver obligados a pasarse una temporada cruzados de manos: "Nos van a dar el dinero justo para el salario, pero [si se confirman las previsiones] no tendremos ni para reactivos". Me lo decía alguien que había contado con una partida superior a 150.00 euros y que ahora parece que le van a dar 60.000. En puertas tenía una importante publicación tras varios años de dedicación. Y no es un caso aislado. Otros muchos líderes de grupo han protestado con argumentos similares.

Ávila y Salas, en el rato de refresco tras dar una charla en el Congreso de la Sociedad Española de Bioquímica y Biología Molecular (SEBBM) que se estaba celebrando en Oviedo, reiteraban su desilusión. "Así es muy difícil promover un cambio en el modelo productivo", lamentaban al unísono. El parón en las inversiones no solo afecta a la I+D en marcha, sino que hipoteca la que debería ponerse en marcha ahora mismo. Tras varios años de esfuerzo inversor, el freno que se presupone es poco menos que un fuerte golpe de viento lateral a un ciclista que se mantiene tambaleante en una empinada cuesta. Dejar de pedalear supone un serio riesgo de caída.

Los dos investigadores estaban convocados, junto a otros cuatro, a la cena de presidentes de la SEBBM. Cuando los dejé, a eso de las nueve pasadas, tuve la sensación de revivir épocas pasadas, en las que los científicos daban la sensación de ser abnegados pedigüeños ilustrados.

De vuelta al hotel, me crucé con Miguel Ángel de la Rosa, presidente actual de la sociedad científica. El investigador sevillano, especialista en bioquímica vegetal, abundó en las apreciaciones de sus colegas madrileños. Y, como siempre suele ocurrir, mostró la predisposición de la comunidad científica a echar un cable: "La ministra [Cristina Garmendia] debe sentirse arropada en su lucha para conseguir los mejores presupuestos". Dicho de otro modo: "No estamos en contra de nadie, sino a favor del sistema", decía.

Claro está. Siguiendo ese instinto peculiar que tenemos algunos periodistas (que a veces nos provoca más de un lío), decidí acompañar a De la Rosa hasta la puerta del restaurante. A lo mejor ahí pillaba algún comentario más. Ya se sabe que mucho de lo que sabemos o publicamos lo pillamos en las puertas de los sitios y no exactamente en los sitios.

Y así fue. Tras un rato de espera, Vicente Rubio, director del Instituto de Biomedicina de Valencia, y Joan Guinovart, director del Instituto de Investigación Biomédica de Barcelona, se acercaron con paso animado. Tras el clásico saludo ("¿Qué haces tú aquí a estas horas?", me soltaron), algo que entendí como un anuncio. "Hay que hacer algo". Junto al montón de neuronas citadas en el restaurante ovetense, otras más, las de Federico Mayor Zaragoza y las de Carlos Gancedo, del Instituto de Investigaciones Biomédicas Alberto Sols de Madrid.

Ignoro cómo transcurrió la cena, aunque imagino que animada. Sólo sé que a eso de las dos de la madrugada un mensaje en mi teléfono decía algo así como: "Hemos redactado y firmado un manifiesto; mañana lo haremos público". Estar en las puertas de los sitios tiene, a veces, recompensas de este estilo.

El Manifiesto se leyó, efectivamente, el día siguiente. Sus firmantes esperan ahora que otras sociedades científicas se adhieran al texto y, junto con ellas, al colectivo de científicos que representan. Expresar en voz alta la preocupación por unos presupuestos injustos que contradicen la voluntad expresada por el presidente del Gobierno de cambio de modelo productivo, tal vez logre un efecto corrector. Al fin y al cabo, siempre suele ser mala idea contradecir al que sabe.

9:44 | gestionado por Xavier Pujol Gebellí | Enviar comentario (2)

jueves, 24 de septiembre de 2009



Uno de los efectos que ha tenido el cambio de inquilino en la Casa Blanca estadounidense ha sido el impulso gubernamental a la investigación con células madre (stem cells).





Foto: Fernando J. Toucedo


JORDI MONTANER


Hace 17 años, el Harvard Stem Cell Institute (HSCI) de Boston (Massachusetts) abrió los ojos del mundo a una entidad biológica de cuyo estudio se desprendía la posible curación de muchas enfermedades tenidas hoy por incurables. No sin inquietudes bioéticas a un lado y otro del Atlántico, la obtención de células madre a partir de embriones congelados abría un campo inusitado a la transferencia genética y a la creación de tejidos o incluso órganos de trasplante; hasta que el presidente George W. Bush sentenció un firme “nunca bajo mi mandato” y proscribió el estudio de la maternidad celular en el 2001.

En la sombra, sin fondos y con escasa esperanza, el HSCI siguió adelante con su proscrita investigación, vislumbrando la posibilidad de ofrecer un remedio a enfermedades tan epidémicamente devastadoras como la diabetes, más incluso en los propios Estados Unidos. De hecho, en el 2004, el HSCI tenía abiertas más de 70 líneas de investigación con células madre de origen embrionario en pleno secreto y con precauciones dignas de una trama de espionaje.

En las antípodas de esta controversia bioética, la Universidad de Kyoto (Japón) asombraba a propios y extraños en el 2006 con la obtención de las primeras células madre pluripotenciales inducidas (iPS) capaces de rejuvenecer la piel de un ratón anciano y que se insertaban en el genoma del animal utilizando vectores retrovíricos… Sólo un año más tarde, los japoneses dejaban claro a la opinión pública que disponían ya de las primeras iPS humanas.

En Boston, mientras tanto, los genetistas del HSCI se hacían los sorprendidos toda vez que investigaban la posibilidad de generar neuronas motoras en mujeres con esclerosis lateral amiotrófica a partir de iPS humanas. En el 2008, sin que la comunidad científica estuviera al corriente (por lo menos, de forma oficial), el HSCI consiguió transferir IPS de un ratón cuyo páncreas producía insulina a otro incapaz de producir dicha hormona (diabético) y regresar así la enfermedad a un estado sano.

Curiosamente, cuando más se aflojaron en Europa y América las prevenciones éticas a la investigación con células madre, más subrayaron los científicos la oportunidad de trabajar con células de origen no embrionario y acabar así con la fuente del conflicto. No obstante, el miedo que atizaba las antorchas en el romántico relato Frankenstein de Mary Shelley pervive aún en políticos y pensadores. Ya no asusta sólo la capacidad de utilizar embriones con fines no reproductivos, sino la capacidad de la ciencia para transferir genes de unas células a otras, de forma que las células madre adultas (no embrionarias) pasen a convertirse en conejillo de indias con el propósito de engendrar vida de forma casi sintética, como en una creación…

Con las espaldas ahora salvaguardadas por la nueva Administración, el HSCI deja a un lado toda discreción y su co-director, David Scadden, afirmaba a los periodistas en una rueda de prensa: “Preparaos, porque vais a ver de qué somos capaces…” Ante las miradas asustadas de los informadores, los responsables del HSCI dejan claro que su cometido es puramente científico y que su prioridad es la batalla contra las enfermedades tenidas por incurables. Tras la diabetes, aguarda el Parkinson. ¿Se pueden clonar ratones a partir de iPS con fines científicos? Sí, ya se ha hecho. La oveja “Dolly” inauguró décadas atrás una carrera de clonaciones mamíferas que no puede estar más cerca de la especie humana; sin embargo, los investigadores del HSCI temen que las iPS no mantengan a la larga la estabilidad propia de células madre de origen embrionario en la génesis “sintética” y moderan todo entusiasmo a este respecto. “Lo que hemos empezado es ahora demasiado importante para detener la investigación; debemos ser prudentes, pero no debemos tener miedo a lo que la ciencia misma nos depara”, subraya Scadden.

Adolfo Martínez Palomo, presidente del Comité Internacional de Bioética (CIB) de la UNESCO, condena la clonación de seres humanos con fines reproductivos y afirma que aún es pronto para pronunciarse acerca de la clonación con fines terapéuticos: “El CIB mantiene su apoyo a la Declaración Universal sobre el Genoma Humano y los Derechos Humanos adoptada en 1997, que condena la clonación en seres humanos con fines reproductivos por considerarse contraria a la dignidad de las personas.”

Con respecto a la clonación terapéutica, no obstante, las sensibilidades están encontradas y hay gobiernos que aprueban la posibilidad de investigar en este sentido y otros que la rechazan por completo.
El Reino Unido pasa en la actualidad por el país con  una legislación más avanzada a este respecto. El investigador surcoreano Hwang Woo-Suk cargó con tinta las portadas de muchos periódicos asegurando haber obtenido no hace mucho embriones humanos clonados a partir de células madre, algo que luego se demostró que no era cierto y que provocó una repentina huída de Woo-Suk, mutis por el foro y rumbo a Tailandia. Más tarde se confirmó que sí obtuvo embriones humanos, aunque mediante la técnica de división de óvulos que, en definitiva, no da lugar a embriones viables para reproducción.

En países como Francia, cualquier experimento de clonación puede ser castigado con multas millonarias y penas elevadas de cárcel. La pelota, al parecer, no está colgada en un tejado universitario, sino en un tejado judicial o moral. Poder, lo que se dice poder, se va pudiendo; pero urge explicar si se debe, cuándo, cómo y por qué.

10:24 | gestionado por Xavier Pujol Gebellí | Enviar comentario (0)

viernes, 03 de julio de 2009





El director que había estado dirigiendo con mano de hierro durante cuatro décadas la American Geophysical Union (AGU), la asociación científica para la que trabajo, se retiró el pasado enero. Durante los primeros meses tras su marcha casi no pasó nada.






Foto:Luc Legay


Maria José Viñas

Supongo que al principio los había que no se podían creer que se hubiera ido (para muchos, su nombre era sinónimo de AGU). Otros estaban paralizados, ya que el buen hombre, que había elevado a la asociación de un simple capítulo de las National Academies of Science a una entidad independiente con más de 50.000 miembros en 135 países, tenía cierta tendencia a supervisar todos y cada uno de los aspectos de cómo funcionaba la organización. Así que, cuando el director interino llegó y en su primer discurso al personal nos dijo que nos permitiéramos explorar a nuestro gusto nuevas formas de hacer las cosas, muchos no supieron qué hacer con esa libertad adquirida. Al fin y al cabo, la palabra “cambio” (tan en el imaginario colectivo desde que Barack Obama la utilizara como eslogan en su campaña para la presidencia de Estados Unidos) no dice nada si no va acompañada de alguna indicación (aunque sea sólo una pequeña pista) de hacia dónde tiene uno que redirigirse.

Para mí, que no llevo mucho tiempo en este trabajo y por lo tanto no estoy petrificada por las viejas maneras de funcionar de la asociación, “cambio” supuso al principio cierta perplejidad (“¿que será lo que querrán?”) que derivó rápidamente en ilusión. Hasta el retiro del director, mis funciones habían consistido principalmente en escribir notas de prensa, responder a consultas varias de periodistas científicos y organizar ruedas de prensa en los congresos de mi organización. Eran faenas interesantes, pero me dejaban pensando que no estaba cumpliendo  con dos de las funciones que me habían dicho al contratarme que tendría (y que más me habían interesado): ayudar a los científicos a comunicarse y contribuir a mejorar el conocimiento del público sobre las ciencias planetarias y de la tierra.

Empecé con una tímida incursión en las llamadas redes sociales, con la idea de abrir un canal de comunicación más informal con los miembros, y con cualquiera interesado en nuestra ciencia. Es decir, que una buena tarde abrí sigilosamente una página en Facebook para mi asociación. Tal vez parezca poca cosa, pero prometo que para AGU se trataba de algo rompedor. Los primeros en apuntarnos al grupo (o, en términos técnicos de Facebook, hacernos fans) fuimos los de mi departamento (¿será eso hacer trampas?) Luego me decidí a preguntarle al administrador de un grupo no oficial de gente interesada en AGU en Facebook si por favor podía pedir a sus suscriptores que se apuntaran a la página oficial. En una tarde ya teníamos más de un centenar de fans, y uno de los primeros comentarios que de ellos recibimos fue “ya iba siendo hora!” Otros departamentos de mi asociación últimamente han estado experimentando con Twitter sin saber muy bien para qué lo quieren (¿Como servicio a los socios o para llegar al público general? ¿Para enviar recordatorios de renovaciones de la subscripción, o para hacer algo más divertido/interesante?) Sospecho que en realidad, están en Twitter porque es lo que toca hacer, lo que está de moda. Pero al menos ahora no temen probar nuevas formas de comunicación. La verdad, yo tampoco sé exactamente qué quiero conseguir con Facebook. De momento me ha permitido ponerles caras a los más de 700 simpatizantes (creo que en la mayoría son miembros de AGU) que se han apuntado. También me sirve para intentar enrolar a gente en otros proyectos más ambiciosos, como el que es ahora la niña de mis ojos: una serie de videos cortos sobre diversos miembros de AGU que sirvan para dar una idea al público del enorme rango de disciplinas científicas que la sociedad ampara.

Empecé a trabajar en el proyecto la semana pasada y estoy fascinada con las solicitudes para participar que he ido recibiendo desde entonces de los miembros. Abarcan una gran variedad de especialidades, desde científicos involucrados en el desarrollo de proyectos de Google Earth hasta recolectores de meteoritos en la Antártica, pasando por oceanógrafos que descubren mediante el uso del sónar antiguos bosques preservados en el fondo del mar y jóvenes científicos preparándose para ser astronautas. Muchos de los interesados ya tienen experiencia con medios de comunicación del calibre de la BBC, otros quieren probar porque creen que deben comunicar su ciencia al público. Los hay que ya se encargan por su cuenta de tender puentes por la sociedad, sea a través de proyectos educativos con niños o de blogs bien establecidos. Un par están confundidos y creen que el video les ayudará a promocionarse en su carrera. Muchos de ellos me dejan fascinada con el entusiasmo y la personalidad que se percibe tras las historias que me cuentan, y que espero que acaben reflejándose en los vídeos. Por ejemplo, un miembro de AGU que lleva cinco años haciendo trabajo de campo en el Ártico explica: "Entre mis anécdotas favoritas está el darse cuenta de que, pese a que reparar motos de nieve nunca formó parte de mis estudios reglados, será lo que me devolverá (o no) al campamento base. Y a veces, pese a tus mejores esfuerzos para reparar un motor fallido, tú y tu colega acabáis caminando diez horas de vuelta al campamento, lo que resulta ser una ocasión estupenda para reflexionar por qué has acabado así, atrapado en medio de la nada".

 
Este proyecto me lo ha confirmado: Lo mejor de mi trabajo en la asociación es el acceso que me proporciona a sus científicos.

9:10 | gestionado por Xavier Pujol Gebellí | Enviar comentario (0)

viernes, 26 de junio de 2009




Podría llamarse también globalización de la investigación; o de los recursos destinados a investigación; o del conocimiento aplicado para generar más conocimiento. Se suceden debates, encuentros, jornadas, cursos, seminarios, cafés y similares. Y uno se pregunta: ¿No está todo dicho ya?




Foto: Delcio GP Filho

Xavier Pujol Gebellí

En muchos sentidos, cuando se habla de globalización lo que se pretende, en realidad, es parametrizar aquellos elementos que garanticen presencia internacional. Es decir: identificar los mecanismos de internacionalización  de un proceso, una idea, un proyecto, una tecnología, una institución…

En términos generales, al menos si nos referimos a la vida común y corriente, los parámetros (o los atributos) son normalmente claros: relevancia, notoriedad y difusión. Son los puntos de partida. Valen para un club de fútbol, para una estrella mediática o para un yogur. Los 'apellidos' que se le añadan, es ya otra cosa. Por ejemplo, especificando qué debe entenderse por notoriedad o qué fórmulas aplicar para la difusión. En todo caso, hay un mandamiento que resume los tres: dinero.

De la vida general a la particular, en nuestro caso la referida a conocimiento (por tanto, investigación, desarrollo, innovación), hay que hacer un esfuerzo para ganar precisión. Y, con ella, dibujar estrategias realistas (algo que, por lo que parece, los habitantes que pueblan las Europas, no acostumbramos a tomarnos en serio).

En un mundo global, he escuchado recientemente, la ciencia es un concepto también global. Si eso es cierto, la fuga de cerebros, la emigración de talento, debería ser inexistente. En su lugar debería primar el intercambio. Condicionado, claro está, por algo más que la ley de la oferta y la demanda. Hay tangibles, como el proyecto a desarrollar, los recursos disponibles, el prestigio de la institución de acogida o las condiciones en las que se va a trabajar.

Pero también hay intangibles que juegan a favor o en contra de una decisión que tiene que ver con la movilidad de los investigadores. Muchos tienen familia; todos necesitan un lugar donde vivir; a muchos les encanta un clima soleado; a unos cuantos les pirra una vida cultural rica; y a otros tantos les va una oferta de ocio que complemente –y les abstraiga de-  su mundo particular.

Conclusión: en los sitios donde exista una buena combinación de trabajo y estilo de vida, el mundo es efectivamente global. Habrá intercambio en los centros donde sea apetecible vivir y trabajar.

A la velocidad que avanza el conocimiento, y sobre todo, a la velocidad con la que nos estamos ganando el acceso, para que la globalización sea efectivamente un bien a disfrutar, y no una losa que frene por un lado e imponga por el otro, a los factores anteriormente citados hay que sumar la capacidad de generar entornos favorables para que, además del mundo académico, se pueda desarrollar un tejido empresarial que dé sentido a las ideas de innovación y de generación de negocio.

Enric Banda, presidente de EuroScience, en un encuentro reciente promovido por la Sociedad Económica Barcelonesa de Amigos del País (fundada hace más de un siglo), añadía aún tres componentes más. A saber: escala, dimensión y territorio. Todos ellos fueron pasados por alto, como bien reflexionó, cuando se dibujó la estrategia de Lisboa. De algún modo, vino a decir, la localización a una escala razonable tiene mayor sentido del que le hemos dado hasta la fecha. Podría traducirse como insistir en la concreción de "polos de conocimiento" que podrían estar centrados a escala regional o en ámbitos de influencia metropolitana. Hay un buen montón de ejemplos en el mundo que refuerzan esta posición y que apuntan a que podría ser una solución estratégica.

En la misma reunión, Salvador Barberá, ex Secretario General de Política Científica y actualmente en la International Graduate School of Economics de Barcelona, zanjó con una reflexión interesante: "En 20 años se han hecho grandes logros en España que van en la dirección de la globalización o de la internacionalización". Y se han hecho, recordó, en condiciones precarias o sin el suficiente apoyo. "Hay mucho por hacer, pero también mucho ya hecho". Com diría alguien: "The show must go on".

11:16 | gestionado por Xavier Pujol Gebellí | Enviar comentario (10)