
Serían las diez de la noche cuando dos destacados científicos españoles doblaron la esquina en dirección a un céntrico restaurante de Oviedo. Andaban a paso rápido. Cuando me los crucé, justo en la entrada, proclamaron: "Hay que hacer algo". Cuatro horas más tarde, sobre las dos de la madrugada, salían con un documento manuscrito con un montón de firmas ilustres. Era un manifiesto. Hablaba de presupuestos.
Foto: waɪ.tiXavier Pujol GebellíAlgunos periodistas tenemos sensaciones especiales, intuiciones. En la tarde del 24 de setiembre había tenido ocasión de departir, con un refresco en la mano, con dos científicos de innegable peso en España: Margarita Salas y Jesús Ávila, ambos del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa. Salas, como siempre elegante y comedida, apuntaba: "Estamos preocupados". Ávila, tras mostrar su entusiasmo por las innovadoras células IPS (células madre pluripotentes inducidas), de las que tanto se espera en tantos campos, abundó: "Estamos muy preocupados".
No era para menos: los primeros borradores de los próximos Presupuestos Generales del Estado, filtrados desde el ministerio de Elena Salgado, anunciaban caídas de entre el 16% y el 37% del dinero destinado a investigación. Las cifras, luego matizadas en forma de restricción sobre el gasto corriente y nuevas contrataciones de personal e infraestructuras, sentaron como un jarro de agua fría sobre las atribuladas cabezas de la comunidad científica.
Razones había de sobras. Si se confirman los datos, muchos de los proyectos puestos en marcha van a sufrir un recorte de tal magnitud que dos o tres años de trabajo se van a venir al traste. Algunos investigadores han contado a este periodista que van a tener el dinero justo para mantener a un par de investigadores que se van a ver obligados a pasarse una temporada cruzados de manos: "Nos van a dar el dinero justo para el salario, pero [si se confirman las previsiones] no tendremos ni para reactivos". Me lo decía alguien que había contado con una partida superior a 150.00 euros y que ahora parece que le van a dar 60.000. En puertas tenía una importante publicación tras varios años de dedicación. Y no es un caso aislado. Otros muchos líderes de grupo han protestado con argumentos similares.
Ávila y Salas, en el rato de refresco tras dar una charla en el Congreso de la Sociedad Española de Bioquímica y Biología Molecular (SEBBM) que se estaba celebrando en Oviedo, reiteraban su desilusión. "Así es muy difícil promover un cambio en el modelo productivo", lamentaban al unísono. El parón en las inversiones no solo afecta a la I+D en marcha, sino que hipoteca la que debería ponerse en marcha ahora mismo. Tras varios años de esfuerzo inversor, el freno que se presupone es poco menos que un fuerte golpe de viento lateral a un ciclista que se mantiene tambaleante en una empinada cuesta. Dejar de pedalear supone un serio riesgo de caída.
Los dos investigadores estaban convocados, junto a otros cuatro, a la cena de presidentes de la SEBBM. Cuando los dejé, a eso de las nueve pasadas, tuve la sensación de revivir épocas pasadas, en las que los científicos daban la sensación de ser abnegados pedigüeños ilustrados.
De vuelta al hotel, me crucé con Miguel Ángel de la Rosa, presidente actual de la sociedad científica. El investigador sevillano, especialista en bioquímica vegetal, abundó en las apreciaciones de sus colegas madrileños. Y, como siempre suele ocurrir, mostró la predisposición de la comunidad científica a echar un cable: "La ministra [Cristina Garmendia] debe sentirse arropada en su lucha para conseguir los mejores presupuestos". Dicho de otro modo: "No estamos en contra de nadie, sino a favor del sistema", decía.
Claro está. Siguiendo ese instinto peculiar que tenemos algunos periodistas (que a veces nos provoca más de un lío), decidí acompañar a De la Rosa hasta la puerta del restaurante. A lo mejor ahí pillaba algún comentario más. Ya se sabe que mucho de lo que sabemos o publicamos lo pillamos en las puertas de los sitios y no exactamente en los sitios.
Y así fue. Tras un rato de espera, Vicente Rubio, director del Instituto de Biomedicina de Valencia, y Joan Guinovart, director del Instituto de Investigación Biomédica de Barcelona, se acercaron con paso animado. Tras el clásico saludo ("¿Qué haces tú aquí a estas horas?", me soltaron), algo que entendí como un anuncio. "Hay que hacer algo". Junto al montón de neuronas citadas en el restaurante ovetense, otras más, las de Federico Mayor Zaragoza y las de Carlos Gancedo, del Instituto de Investigaciones Biomédicas Alberto Sols de Madrid.
Ignoro cómo transcurrió la cena, aunque imagino que animada. Sólo sé que a eso de las dos de la madrugada un mensaje en mi teléfono decía algo así como: "Hemos redactado y firmado un manifiesto; mañana lo haremos público". Estar en las puertas de los sitios tiene, a veces, recompensas de este estilo.
El Manifiesto se leyó, efectivamente, el día siguiente. Sus firmantes esperan ahora que otras sociedades científicas se adhieran al texto y, junto con ellas, al colectivo de científicos que representan. Expresar en voz alta la preocupación por unos presupuestos injustos que contradicen la voluntad expresada por el presidente del Gobierno de cambio de modelo productivo, tal vez logre un efecto corrector. Al fin y al cabo, siempre suele ser mala idea contradecir al que sabe.